El penúltimo raulista vivo

Fringe a la española

Estoy convencido de que Franz Kafka habría pasado por escritor costumbrista en España. Ni siquiera han transcurrido dos semanas desde la victoria de la selección en el Mundial y continúan saliendo a la luz episodios dignos de aparecer en Fringe. El de aquel director de una emisora balear que impidió a sus periodistas abrir el bloque de deportes con los éxitos de Iniesta y compañía no tiene nada que envidiarle a Sin cerebro, la historia de aquel chaval que ve cómo una mano le ataca desde la pantalla del ordenador y a la mañana siguiente aparece con el cerebro licuado, saliéndosele por las orejas; el del campamento de la Generalitat que prohibió a los chicos que vieran la final contra Holanda me recuerda más a La transformación, aquel capítulo en el que al pasajero de un avión empiezan a salirle púas por la espalda y aquello provoca que se estrellen y mueran todos.

No me digan ustedes que lo del bar de lesbianas de Santiago que prohibió entrar "con camisolas ou simboloxía da selección española" no es bastante más surrealista que el episodio en el que la detective Dunham tiene pesadillas con muertes que luego se producen realmente. La entrevista de El Periódico con Marta Torné, y la necesidad imperiosa que, ante el acoso y las preguntas capciosas, le surgió a la actriz catalana de decir que ella sí iba con España deja en mantillas a Poder, la historia de un grupo de personas que mueren debido a que extensiones de su propia piel sellan de repente y en cuestión de segundos sus orificios nasales, ojos y boca. El penúltimo capítulo de la primera temporada del Fringe a la española lo han protagonizado los monitores de un campamento de Txurruka de Orio, en Guipúzcoa, que impidieron a niños de entre nueve y once años de edad ver la final y que, en el colmo de los colmos, les engañaron diciéndoles que había ganado Holanda con gol de Robben.

Dicen que en septiembre se estrenará la tercera temporada de Fringe. Y ya saben cómo funcionan las series americanas: un equipo de treinta o cuarenta guionistas produciendo historias a todo trapo. La industria no espera y el show debe continuar. Pero, por muy buenos que sean y muchas fantasias que se les ocurran, llegará un momento en el cual se les acabará la munición. Si el señor Abrams, creador de la serie, quiere argumentos para alcanzar tantas temporadas como Los Simpson no tiene nada más que darse una vueltecita por España, un viajecito rápido, cosa de ná, entrar y salir como suele decirse. Porque si Fringe está teniendo aquí tanto éxito es porque nos vemos reflejados en lo que nos cuenta y porque nuestra realidad cotidiana es como la de Walter Bishop y su hijo Peter. Fringe es, para nosotros, como Crónicas de un pueblo o Cuéntame cómo pasó... ¿Universos paralelos? ¿Dimensiones desconocidas? ¿Viajes alucinantes al fondo de la mente?... ¡Por favor!... Me río yo de todo eso; los expedientes X, amigos míos, los inventamos aquí.

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