El penúltimo raulista vivo

Felizoadictos

Parece que Robinho, otro esclavo de la cosa esta del fútbol, quiere irse del Real Madrid porque no es feliz y porque el kamikaze ruso Abramovich ha caído en picado sobre él con un saco de millones de euros. Esta relación entre la felicidad y el dinero, que los futbolistas no han hecho más que perfeccionar, no haría más que ratificar aquella prodigiosa y cínica, como todas las suyas, frase del cineasta Woody Allen cuando afirmó lo siguiente: "el dinero no da la felicidad, pero procura una sensación tan parecida que se necesitaría la intervención de un especialista muy avanzado para verificar la diferencia". En un canal estadounidense de televisión, Cristiano Ronaldo, el esclavo entre esclavos de la cosa esta del fútbol, ha dicho que él sólo quiere ser feliz, dando a entender que jugar en el equipo vigente campeón de la Champions, bañarse en la isla de Capri, ganar un auténtico pastizal y salir con un bellezón de los que quitan el hipo ya no le reporta suficiente satisfacción personal.
 
En realidad, si profundizamos un poco en la cuestión, tanto Robinho como Ronaldo son dignos de lástima porque son dos felizoadictos, dos adictos a la felicidad que no pueden vivir sin su dosis diaria. Ayudémosles. Si es verdad que Robinho, uno de los miembros destacados de aquello que en su día bauticé como la quinta del donut, grupo de joviales jovenzuelos encabezados por Ronaldo y Cassano, otros dos esclavos de la cosa esta del fútbol, que lo tenían todo y querían más, sólo puede ser feliz en el Chelsea, ¿qué razón hay para retenerle?... Ya lo dijo el propio Schuster, otro esclavo, después del fiestón que el niño se pegó el año pasado en su Brasil natal: Robinho es de esos jugadores que necesitan ser felices, como si al resto de futbolistas les fuera bien siendo unos auténticos desgraciados y saliendo al campo llorando a moco tendido por algún drama reciente.

Yo, al contrario que Ramón Calderón, un esclavo de los de antes, no creo en absoluto que Robinho valga mucho más de sesenta millones de euros sino bastante menos, pero, al final, tal y como ya debatimos en su día, uno vale lo que alguien quiera pagar por él. Si el ruso está verdaderamente dispuesto a abonar esa indecente cantidad de dinero por Robinho y a pagarle luego a él una soldada a la altura de uno de los autores intelectuales de la celebración de la cucaracha (por cierto que espero que la tengan registrada) no veo motivo suficiente para que el Real Madrid se resista a dejar escapar a la enésima copia falsa de Pelé, negándole además su dosis diaria de felicidina. El chaval no es un mal futbolista, pero tampoco es la perla que nos prometieron cuando Florentino Pérez tuvo que luchar a brazo partido por su fichaje. Pongámonos, pues, en la piel de esos dos hombres, Robinho y Ribeiro, que a estas horas, mientras escribo estas líneas, sufren. Aliviemos su dolor y dejemos que Robinho pida tranquilo sus donuts en inglés y bese en paz el escudo del Chelsea, el antepenúltimo equipo en el que siempre soñó jugar cuando sólo era un chiquillo que correteaba por las callejuelas de Sao Vicente.  
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