El penúltimo raulista vivo

Espero que Lopetegui recupere su media sonrisa

Hoy se ha sabido que Lopetegui será el nuevo entrenador del Sevilla para las próximas tres temporadas, y me alegro sinceramente por Julen, que es indiscutiblemente un buen tipo y que es también un buen entrenador de fútbol, muy concienzudo y profesional, un hombre al que le gusta mucho su deporte y que, si del trabajo se trata, nadie le va a ganar en un pulso. Por lo demás, el Sevilla es un buen destino para él: mucho más plácido y relajado que el anterior, sin que esto quiera decir en absoluto que allí no vaya a ser exigido, el equipo andaluz es uno de los cinco o seis mejores de la Liga española. La de Lopetegui es la primera apuesta de Monchi para el banquillo en su segunda etapa al frente de la dirección deportiva hispalense; se juegan mucho él y su nuevo entrenador, del que, sabiendo de su fuerte temperamento, creí de veras que tardaría más tiempo en recuperarse.

Porque, y ahora que ya no tiene nada que ver con el Real Madrid, que era indiscutiblemente el elemento que se interponía entre Julen y un juicio justo, a Lopetegui se le trató de un modo torticero cuando hizo lo que, antes que él, hicieron por ejemplo Ladislao Kubala o Luis Aragonés en España o Antonio Conte o Louis Van Gaal fuera de nuestras fronteras. Lo de Julen ya es conocido por todos, pero conviene refrescar la memoria sobre lo que hizo y también sobre lo que no hizo el técnico sevillista. Lopetegui aceptó una oferta del Madrid, groggy tras el repentino adiós de Zinedine Zidane, mientras era seleccionador nacional; su aceptación no afectaba en absoluto al trabajo de Julen durante el Mundial, pero lo que acabó por descabalgar al técnico fue la opinión de Andreu Subies, por aquel entonces presidente de la federación catalana y hombre fuerte de la junta directiva presidida por Luis Rubiales; y digo lo de "por aquel entonces" porque Subies, que presentó su dimisión en noviembre acusado de un presunto desvío de fondos para beneficio propio, insistió de nuevo en dejar su puesto en el pasado mes de marzo y, entonces sí, Rubiales le dejó caer.

A Rubiales le volvieron loco entre unos y otros y, al final, decidió poner de patitas en la calle a Julen por una cuestión testicular más que futbolística. Porque, hablando de lo que hizo y de lo que no hizo, lo que no hizo en ningún caso Lopetegui fue callarse el "sí" al Real Madrid, que es probablemente lo que hubiera hecho cualquiera, sino ir de frente y agarrar el toro por los cuernos, si se me permite la expresión taurina, ahora que estamos en plena feria de San Isidro. Si en 2018 Julen hubiera aceptado, pongamos por caso, la oferta de su nuevo club, el Sevilla, nadie hubiera jugado con él al "Hundir la flota", pero alguien pensó que era preferible que a la selección le fuera mal con un ex madridista novato que bien con un madridista con experiencia, y Rusia acabó como acabó, con la estatua de la Madre Patria saltando por los aires de Volgogrado.

Luego, y eso es tan cierto como que hoy es martes 4 de junio de 2019, a Lopetegui le vino el Real Madrid tan grande como me habría venido a mí, por ejemplo, dirigir The New York Times. Julen entró en pánico, colapsó y empezó a apretar todos los botones, el rojo, el verde y el amarillo a la vez. El suyo era un regalo envenenado y es posible que, sentado en ese mismo sitio y en idéntica situación, nadie lo hubiera hecho mejor que él; de hecho, Solari no lo hizo mejor, ni tampoco mejoró lo hecho por Lopetegui el resucitado Zidane. Pero la buena nueva, de la cual me congratulo, es que Julen vuelve a entrenar, lo hará en España y no en China, ahora tan de moda, y a un grande como el Sevilla. Ojalá le vaya bien porque se lo merece. Es curioso pero, para él, visto todo con la perspectiva que otorga el paso del tiempo, la llamada del Real Madrid fue una mala noticia en realidad porque si le fusilaron al amanecer, sin juicio justo por medio, fue única y exclusivamente por el nombre de la persona que le presentó la oferta, Florentino Pérez. Esperemos que en Sevilla, donde por cierto también le mataron con un refinadísimo grado de delectación y mucho gracejo, recupere su media sonrisa. Porque, eso sí, sonreír del todo... como que no.

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