El penúltimo raulista vivo

Espéranos en el cielo

Una vez escribió Jorge Luis Borges que la muerte era una vida vivida y que la vida era una muerte que venía. La segunda parte de la frase es cierta siempre: la vida es un regalo de Dios que hay que disfrutar a cada instante con la certeza absoluta de que en cualquier momento nos llegará la muerte. Pero hay muertes especialmente duras precisamente porque no han sucedido a una vida vivida en plenitud. Morir con 26 años en pleno siglo XXI es una auténtica tragedia. Acaso hace 500 años eso fuera más habitual, pero los 26 años del 2009 deben ser los 50 de entonces. Errol Flynn, por ejemplo, murió con 50 años pero el médico forense que le practicó la autopsia se sorprendió mucho de que aquel hombre hubiera cumplido el medio siglo, tal era el estado de sus órganos aniquilados por el consumo continuado de un cóctel de veneno compuesto por tabaco, opio y alcohol.
 
Es por eso que si la noticia de la muerte de un chaval de 26 años es de por sí sobrecogedora, la de la muerte de un deportista de 26 años -un hombre que cuida y respeta su cuerpo porque su trabajo le exige alcanzar el mejor estado físico posible, un profesional que está sometido a contínuos controles médicos con objeto justamente de evitar sorpresas desagradables- nos deje a todos con la boca abierta. A Dani Jarque, capitán del Espanyol de Barcelona, le sobrevino de repente la muerte después de una vida no vivida del todo, sólo, en la habitación del hotel en el que estaba alojado su equipo, mientras mantenía una conversación telefónica con su mujer, embarazada de 7 meses. En los últimos tiempos hemos asistido a fallecimientos repentinos tan trágicos como los de Dani, algunos incluso transmitidos en directo y siempre en el ejercicio de un esfuerzo físico notable. Jarque no, Jarque murió sentado o recostado en la cama mientras charlaba con su chica. ¿Por qué?... Nadie sabe responder a esa pregunta.

Tengo que confesar que yo no me llevo demasiado bien con la muerte. Sé que es inevitable pero no me llevo bien con ella. No me gusta. Reconozco que tengo miedo a que se muera la gente que quiero e incluso la muerte de aquellos a quienes no conocía de nada o sólo conocía un poco me produce una gran desazón. La muerte de Antonio Puerta, en circunstancias muy similares a las de Dani Jarque, me produjo mucho dolor. A mí también me pasó como a algún jugador de fútbol y tuvieron que repetirme varias veces el nombre. El sábado, cuando conocí la noticia, pregunté dos o tres veces si se trataba de verdad de Jarque. Y el domingo, siguiendo las informaciones por televisión, lloré del mismo modo que lloré cuando murió Antonio Puerta. Lloré porque no es normal. Lloré porque no me parece justo. Lloré por una vida no vivida del todo. Lloré por la traición de la muerte. Descansa en paz Dani. Espéranos en el cielo.
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