El penúltimo raulista vivo

Epopeya del boxeador invisible

Las Vegas, trescientos kilómetros cuadrados de montañas, roca, polvo y calor, mucho calor, un calor tan asfixiante que, aún hoy, sus habitantes prefieren esquivarlo a través de túneles y pasadizos. Y en coche, claro. Todo el mundo viaja en coche en Las Vegas. Es muy probable que, de no haber sido por Bugsy Siegel, impulsor de la construcción de un hotel, el Flamingo, en mitad de la nada, Las Vegas seguiría quedando reducida a la obligada parada técnica para los trenes que viajan entre Albuquerque y Los Ángeles, beber, comer y salir corriendo. Un porcentaje elevado de la buena mala fama que tiene Las Vegas, la ciudad del vicio, se debe precisamente al creador del Flamingo; buscas "Bugsy Siegel" en Google y te aparece lo siguiente: "causa de la muerte: homicidio. Ocupación: crimen organizado".

Y es que aquel apuesto joven de dientes blancos y brillantes y ojos azul turquesa, aquel novato criado en La Cocina del Diablo junto a su amigo del alma George Raft, que luego se convertiría en uno de los gánsteres más famosos de la gran pantalla junto a James Cagney y Edward G. Robinson, se ganaba la vida con la extorsión, el tráfico de drogas, la trata de blancas y el asesinato, muchos asesinatos. En la mañana del 20 de junio de 1947 el chico de la sonrisa cautivadora apareció tendido en el sofá de su lujoso apartamento, nadando en un charco de sangre, con tres balazos en la cabeza y la mirada extraviada, aún así su creación, el Flamingo, sigue ahí, inasequible al desaliento y al inexorable paso del tiempo, retador entre el Bill's Gamblin Hall and Saloon y el Imperial Palace, enfrente del Mirage y del Caesars Palace, en la calle que lleva su nombre; donde antes había un saguaro hace tiempo que se instaló una ruleta y por las noches ya no se oye a los geckos sino a Tom Jones cantando eso de Espíame, nena, usa satélite infrarrojo, eres mi bomba sexual.

Hacia el sur de la Interestatal 215, entre la avenida Tropicana y la avenida Harmon, se encuentra el majestuoso MGM Grand Las Vegas, otro castillo kitsch de treinta pisos y doscientos noventa y tres pies de alto, que alberga cinco piscinas, ríos artificiales y cascadas, tiendas, night clubs, deiciséis restaurantes y el casino más grande en todo el condado de Clark, dieciséis mil hipnóticos metros cuadrados de máquinas tragaperras, cartas e incitación al juego. Y allí aparece el MGM Grand Garden Arena, un espacio con capacidad para dieciséis mil ochocientas personas sentadas en el que han cantado Elton John, Barbra Streisand o Madonna y después han golpeado Mike Tyson, Óscar de la Hoya o Julio César Chávez, y en el que dentro de unas cuantas horas se celebrará el combate de todos los siglos, el que más dinero y expectación ha generado. la pelea que enfrentará a Floyd Mayweather junior y Manny Pacquiao; ninguno de los dos tendrá esa noche desierto suficiente para correr a esconderse, ninguno de los dos lo necesita.

Salvo contadísimas excepciones, bichos raros que se jactan de su ignorancia como si el no saber aportara distinción, al periodismo no le ha quedado más remedio que sucumbir momentáneamente ante el boxeo, el noble arte de las dieciséis cuerdas, el deporte con peor prensa en España, el más castigado, el más vilipendiado, el más ofendido y humillado, y ha humillado ante la historia de estos dos hombres, uno invicto, hijo y sobrino de campeones, y otro invencible y dios y diablo tagalo en Filipinas. Nadie pasará desapercibido en Las Vegas, nadie. Y el juego consistirá tanto en ver como en ser visto. Bien entrada la madrugada del sábado al domingo en España, todo el mundo estará pendiente de Mayweather y de Pacquiao, y nadie de Cristian Morales, campeón del Mundo Hispano del peso ligero, nuestro boxeador invisible, que ahora, como Rocky antes de saltar a pelear contra Apollo Creed, pasea por un vacío y apagado MGM y contempla las fotos que anuncian el gran combate, que por ahora no va a ser el suyo.

La historia de nuestro campeón, discípulo de Hovik Keuchkerian, comediante, escritor, poeta, actor y ex boxeador, arrancó con catorce años al darse cuenta de que seguiría siendo Cristian pero nunca llegaría a ser Cristiano; debut a los diecisiete años y viaje a Londres con lo puesto, dos mil euros ahorrados en el bolsillo; chapuzas como pintor ocasional y mucho gimnasio. La bolsa de Morales, telonero del combate de todos los siglos, será de ochocientos euros por seis rounds, seis asaltos a los que será muy complicado que alguien preste atención porque, de repente, la vida en la Tierra, al menos durante estos días, es aquello que transcurre antes y después del gran combate, la gran pelea, la única pelea. La epopeya de Cristian, pendiente de la mano que le duele, no ha hecho más que comenzar. Lucha por borrar su invisibilidad y se sube y se baja del ring con el orgullo de saber que él sí tiene los cojones necesarios para vivir su propia vida, tal y como dispara su entrenador en uno de sus famosos monólogos, y no tiene "goteras en el corazón". Este sábado un boxeador invisible subirá al ring del MGM Grand Granden de Las Vegas, trescientos kilómetros cuadrados de montañas, roca, polvo y calor, mucho calor. Y después de él lo harán otros dos.

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