El penúltimo raulista vivo

Entrenadores: un mal menor

Salvo contadísimas excepciones (y sí, Bill Shankly es definitivamente una de ellas) no creo demasiado en los entrenadores de fútbol. A la inversa funciona más o menos igual y ellos tampoco creen demasiado en los periodistas ni nos tienen tampoco mucho respeto. Reconozco, eso sí, que la del entrenador es una figura necesaria, un mal menor, más que nada porque no se debe dejar sueltos por la noche madrileña, si es que de Madrid se trata, a veintitantos chavales en sus recién estrenados Porsches 911 3.8 Carrera Coupé S Tiptronic y con las hormonas haciendo de las suyas por Honky Town. Por supuesto que alguien que lleve medio siglo dedicado en exclusiva al fútbol sabrá mejor que otros -mejor que yo evidentemente- situar a sus jugadores sobre el campo o hacer los cambios necesarios en el momento más oportuno, pero la "ciencia" del entrenador depende de tantos factores externos a él y que no puede controlar, y significadamente de la calidad técnica y humana de su plantilla, que todo resulta impredecible y nadie, ni siquiera el mejor o el más veterano, puede asegurar éxitos gracias a los conocimientos que ha ido adquiriendo a lo largo de los años.

Ahí está, sin ir más lejos, el caso de Juande Ramos, considerado por casi todos los especialistas en la materia como uno de los gurús del banquillo, una especie de conseguidor (¿recuerdan el programa de José María Iñigo?) para quien prácticamente nada resultaba imposible si por medio había un balón. Su historial de hombre milagro fue precisamente el que llevó al propietario del Tottenham a ingresar en su cuenta corriente una cantidad indecente de millones de euros, pasando incluso por encima del Sevilla, aunque esa sea otra historia distinta. Los Spurs están hoy peor que cuando llegó Juande, clasificados en la última posición de la Premier League y a doce puntos del Chelsea. Yo digo que el éxito de Juande en el Sevilla se llamó Alves, y Kanouté, y Luis Fabiano, y en el Tottenham se llamó Berbatov, hasta que Ferguson se dio cuenta de que el búlgaro era un auténtico crack y que si Ronaldo seguía dándole la paliza podría presentarle como el recambio para el portugués.

Ahí está también el caso de Luis Aragonés, decano de los entrenadores de España, seleccionador campeón de la reciente Eurocopa y flamante fichaje del Fenerbahçe. No le ha dado tiempo todavía al pobre a saborear con tranquilidad su rotundo e incuestionable éxito en Austria y la prensa turca ya titula así a la finalización del partido contra el Dinamo de Kiev: "El Fenerbahçe llenó de rabia la fiesta del Ramadán". Quien le puso, un tal Mahmut Uslu, afirma que confían ciegamente en el español y que cumplirá sus dos años de contrato, pero al mes de haber aterrizado ya hay peleas entre seguidores y detractores del entrenador: el éxito de Luis consistirá en que los médicos recuperen cuanto antes a Deivid y Semih porque, según la prensa local, sin ellos el 007 Güiza está más sólo que la una. Dicen que Luis ha pronunciado una de sus memorables frases: "tengo las espaldas muy anchas y conozco la presión". Y yo me pregunto: si esa es una frase histórica, ¿cómo clasificar el "veni, vidi, vici" de Julio César tras su victoria en la batalla de Zela?
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