El penúltimo raulista vivo

Endurance

Llego a casa hacia las tres y veinte de la tarde y pongo la televisión. Los informativos, eso que antes llamábamos "el telediario" cuando sólo había en España una televisión y dos canales, se han convertido cada vez más en magacines que siempre acaban igual: cine o variedades, cocina de diseño, deportes y el tiempo. Hoy tocan variedades antes de la cocina de diseño, los deportes y el tiempo, y en concreto cuánto tardamos a diario los hombres en masajearnos el cuero cabelludo, darnos cremita en los pies o en retocarnos las ojeras. La media son veinte minutos. Hace quince años, Mark Simpson bautizó al nuevo hombre del siglo XXI y lo llamó "metrosexual", pero al cabo del tiempo el término ha envejecido tanto que ya nadie lo emplea porque hoy no llama en absoluto la atención que un hombre se pinte las uñas, se tiña el pelo o use ropa de colores vivos exteriorizando así su lado femenino.

Un empresario o profesional cincuentón reconoce que él utiliza la crema antiojeras. Me pregunto si Ernest Shackleton emplearía crema antiojeras. En el epitafio de su tumba, en la costa norte de la isla Georgia del Sur, en el Territorio Británico de Ultramar, junto a King Edward Point, puede leerse lo siguiente: "Sostengo que un hombre debería luchar hasta el último aliento por el valor que le ha puesto a su vida". Revisando algunas fotografías del líder espiritual y capitán del Endurance no da precisamente la sensación de que Sir Ernest Shackleton, propietario de unas prominentes y acentuadas ojeras, envejecido prematuramente a los 40 años por el irrefrenable afán aventurero y el inacabable ansia de conocimiento, tuviera ni la más remota idea de qué era el contorno de ojos, aunque a los suyos, a sus ojos, les sacara un rendimiento extraordinario a lo largo de su medio siglo corto de existencia.

Shackleton, muerto de un ataque al corazón y devuelto desde Inglaterra hasta Grytviken por su viuda Emily, que le amaba a pesar de sus infinitas infidelidades, construyó con otros 26 hombres de otra pasta y de otro siglo una aventura de inigualables proporciones, una gesta a la Antártida que hoy podemos revivir en el Jardín Botánico de Madrid gracias al tesón de Frank Hurley. El anuncio que publicó en la prensa en 1914, buscando voluntarios que quisieran jugarse la vida con él en la última gran travesía terrestre, sigue citándose y recordándose hoy en voz alta: "Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura retorno con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito". Honor a un hombre que jamás saldrá en un telediario. Reconocimiento para alguien que luchó hasta el último aliento de su vida. Honor y reconocimiento para uno de los últimos aventureros.
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