El penúltimo raulista vivo

Odense, Schalke y el partido del encefalograma plano

Como a Ebenezer Scrooge en el cuento de navidad de Dickens, al Real Madrid se le apareció anoche en el estadio Santiago Bernabéu el fantasma de las eliminaciones pasadas. Convendría decir cuanto antes que el 3-4 de anoche, el partido del encefalograma plano, ha sustituido como nueva unidad de medida de la debacle merengue a aquel funesto 0-2 ante el modestísimo Odense y que, a diferencia del de ayer, acabaría en aquella ocasión con la eliminación del equipo entrenado por Jorge Valdano. Por allí aparecieron con sus respectivas sábanas Hoegh, Pedersen y Bisgaard reencarnados en Wellenreuther, Huntelaar y, por encima de todos, Meyer, que hizo un partido soberbio. El Real Madrid se clasificó, sí, pero existe entre el madridismo el convencimiento pleno, apoyado en la sólida tesis de un juego rácano, ido, vacío, insulso, desperdigado y sin alma que se repite demasiado a menudo desde el Mundial de clubes, de que, jugando así, el vigente campeón europeo caerá irremisiblemente en los cuartos de final de la Champions del mismo modo que hace veintiún años lo hiciera en los octavos de final de la Copa de la UEFA.

Puede que esto supere a Ancelotti, que al fin y al cabo sólo es un entrenador de fútbol. Puede que este sea un problema para un alumno aventajado de Sigmund Freud: el extraño caso del equipo que hace nada ganó veintidós partidos consecutivos y que, dos meses después, entró en barrena sin motivo ni explicación aparentes. La pregunta que me han hecho más veces desde ayer es la siguiente: "¿Qué le pasa al Madrid?", y yo no hago más que contestar un sincero y descarnado "no lo sé". Es cierto: no sé qué le pasa al Real Madrid y lo peor y lo más preocupante de todo es que me da la impresión de que, pese a que llevan repitiendo un mensaje tranquilizador justo en el sentido contrario, tampoco lo tienen demasiado claro ni jugadores ni cuerpo técnico. ¿Tiene que ver con el esquema de juego, tan denostado desde que el equipo pierde?... No lo creo. Estos jugadores y este entrenador han ganado La Décima, Supercopa, Mundial y Copa del Rey. ¿Tiene que ver con la BBC? ¿Con la persona que ocupa el banquillo?... No lo sé. ¿Están cansados? ¿No tienen actitud? ¿Por qué se arrastran por el campo como si de almas en pena se tratara? ¿Ansiedad? ¿Mala alimentación? ¿Pocas horas de sueño? ¿Demasiadas?...

A veces he sido crítico con la actitud del público del Bernabéu, que en ocasiones no apoya, pero hoy no puedo serlo. El Real Madrid puede ganar, perder o empatar pero la imagen que anoche se trasladó al exterior fue la de un equipo ensimismado y perplejo, desmadejado, roto por el eje, desconfiado y ausente, un equipo desconectado y, pese a todo, en apariencia feliz por haberse conocido en tiempos no demasiado lejanos pero que fueron indudablemente mejores. Es cierto que la mano blanda de Ancelotti ha ganado tres Copas de Europa, eso no se lo va a hurtar nadie, pero empieza a calar la idea de que a lo mejor ahora mismo no es suficiente con eso. Puede que hagan falta más manos blandas, un millón o dos millones de ellas, y también alguna mano dura de vez en cuando. Y un corazón sano y potente que bombee sangre tampoco vendría nada mal. Como el valor a la legión, la unión se le supone al vestuario pero, y a la vista está, con la unión y con las conjuras ya no es suficiente. La solución del Real Madrid tiene que pasar por el fútbol, que ayer volvió a brillar peligrosamente por su ausencia. La solución del Real Madrid tiene que pasar por sentar en el diván a quien sea menester. Electroshock ya.

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