El penúltimo raulista vivo

Emulando a Fischer y Spasski (I)

A finales del pasado mes de septiembre Veselin Topalov amenazó seriamente con retirarse del campeonato mundial absoluto de ajedrez si la Federación Internacional no adoptaba medidas drásticas que garantizasen el juego limpio. El Gran Maestro búlgaro, que por aquel entonces perdía por 3 puntos a 1, acusaba al Gran Maestro ruso Vladimir Kramnik de adoptar sus decisiones más importantes en el cuarto de baño. Silvio Danailov, entrenador de Topalov, se hacía la siguiente pregunta: "¿Cuántas veces se puede ir al baño? Sería lógico ir cinco veces, máximo diez, pero no cincuenta". El Comité de Apelaciones, desarmado por aquel irrebatible argumento fisiológico esgrimido con cierta sorna por el entrenador de Topalov, decidió que ambos ajedrecistas utilizaran de manera conjunta el baño de mujeres y no uno individual como estaba sucediendo hasta ese preciso instante.

Danailov replicó que aquello en realidad no cambiaba nada puesto que Kramnik seguiría disponiendo de la posibilidad de acudir al baño cuantas veces considerara necesario. La decisión, sin embargo, no sentó nada bien al Gran Maestro ruso que decidió no presentarse a la quinta partida. Entró en acción Carsten Hensel, representante de Kramnik, que acusó a Topalov de incluir en su equipo de apoyo a un parapsicólogo y a más gente que no tenía otra misión que la de insultar y distraer a su representado. El alemán justificaba la repentina incontinencia de Kramnik con la necesidad de éste de dar largos paseos y de beber mucha agua. A esas alturas todo el mundo tenía bastante claro que a Topalov no le preocupaba lo más mínimo el ánimo andarín de su contrincante o la necesidad de hidratarse que éste tuviera sino la posibilidad de que su contrincante recibiera información desde el exterior. Y eso a pesar de que habían sido instalados inhibidores de frecuencias similares a los que se utilizan habitualmente en las cumbres internacionales más importantes. Si en algo tenía razón Hensel era en la dificultad a la hora de entender y explicar cómo podría mejorar la partida el hecho de contar con un sólo retrete en vez de dos.

En su intento de evitar a cualquier precio que se suspendiera la final, Kirsan Iliumjinov, máximo dirigente de la FIDE y presidente de la República de Kalmikia, en cuya capital, Elista, se está disputando el duelo, intervino para tratar de alcanzar acuerdos parciales con los jefes de delegación tanto del búlgaro Topalov como del ruso Kramnik. Ambos aceptaron el empleo de los aseos originales adyacentes a la sala de descanso, aunque representantes de ambas delegaciones podrían inspeccionarlos antes y después de las partidas. Todos los miembros del Comité de Apelaciones, marcado a sangre y fuego por Kramnik desde el mismo día en que se decidió la utilización conjunta del baño de mujeres, presentaron su dimisión irrevocable.

Hoy, para satisfacción de todos, podemos decir que, tras la "crisis de los retretes", el Mundial sigue adelante con ambos jugadores empatados a 5,5 puntos, aunque con la reclamación de la quinta partida que perdió Kramnik por incomparecencia todavía pendiente. Toda esta historia demencial pero apasionante al mismo tiempo, éste duelo jugado al margen del tablero de ajedrez y en el que los Grandes Maestros han utilizado a sus asesores, psicólogos, preparadores físicos o abogados como si de peones, alfiles, caballos o torres humanas se tratara, me retrotrajo a la serie de míticas partidas que el Gran Maestro estadounidense Bobby Fischer y el Gran Maestro soviético Borís Spasski jugaron allá por el verano del año 1972. Créanme cuando les digo que lo de Topalov y Kramnik ha sido un auténtico juego de niños al lado de lo que sucedió entonces. Y, si no estuviéramos hablando de dos verdaderos genios del ajedrez, pensaría que ambos pretendían emular, cuando no superar, con sus recientes acciones lo sucedido hace casi treinta y cinco años en Reikiavik, la atónita capital de Islandia.
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