El penúltimo raulista vivo

El valor de una Liga

No fue hasta el año 1932 que el Real Madrid ganó su primera Liga. No puede decirse que pasara mucho tiempo hasta que conquistó su primer campeonato de la regularidad y más aún si tenemos en cuenta que nuestra Liga no se puso en marcha hasta la temporada 1928-1929. Tanto en la consecución de la primera como de la segunda tuvo mucho que ver la solidez defensiva de un equipo en el que destacaban sobre el resto Zamora, Ciriaco y Quincoces. El Madrid tuvo que luchar con el Athletic, campeón los dos años anteriores, a brazo partido, pero desde 1933 todo cambió y, pese a que el Real logró los tres siguientes subcampeonatos, no se celebraría otra Liga blanca en la capital hasta el año 1954, veintiún años después de la segunda. Es curioso que uno de los mantras más repetidos por los antimadridistas durante toda la transición (nadie mínimamente serio se atreve a sostenerlo ahora) es que el Real Madrid se benefició del franquismo cuando fue justamente al revés: el régimen de Franco quiso utilizar al Real Madrid en su propio beneficio con la oposición hasta el límite de sus fuerzas de Santiago Bernabéu, un monárquico convencido. Desde 1936 y hasta 1953, año en el que Alfredo di Stéfano se vistió de blanco, el Real Madrid no ganó ni una sóla Liga mientras que el Barcelona consiguió cinco.

Es cierto que en ese año mágico, el de 1953, todo cambió, pero no sólo en España sino también en Europa; no en vano, el Real Madrid es el único club de fútbol del mundo que posee la Copa de Europa en propiedad después de haberla ganado en cinco ocasiones seguidas. El Madrid deslumbraba con su fútbol, y sus títulos tuvieron probablemente más que ver con la genialidad de Muñoz, Zárraga, Lesmes, Olsen, Mateos, Joseíto, Puskas, Gento, Kopa o el propio Di Stéfano que con la dictadura militar, tal y como quisieron hacer ver desde Barcelona como justificación para sus propios fracasos. Durante doce años seguidos aproximadamente, los madridistas se hartaron de ver buen fútbol y eso ha marcado inevitablemente la historia de este club. Desde entonces está mal vista la vulgaridad, el cuento chino, perder el tiempo o retrasarle el balón al portero, aunque el partido vaya 3-0. Con todos mis respetos a los ye-yés, que fueron también unos jugadores magníficos, el siguiente aldabonazo llegaría con la Quinta del Buitre, una generación irrepetible de futbolistas que, como sucedió en la etapa de Di Stéfano, tomó el testigo en un momento de crisis de identidad e indefinición.

¿Qué valor tiene una Liga?... El otro día charlaba en El Tirachinas con Carlos Rexach y me decía lo que casi todo el mundo me dice, y es que nadie recordará dentro de cincuenta años si la Liga número treinta y uno del Real Madrid se consiguió jugando bien o mal al fútbol, pero ese (el de olvidar las cosas) es un lujo que no puede permitirse el mejor club del siglo XX según la FIFA. Dentro de cincuenta años probablemente no, pero dentro de veinte yo, que espero seguir aquí, sí recordaré que la Liga treinta y uno se consiguió jugando regular tirando a mal. Si me dieran a elegir entre la treinta, conseguida por Fabio Capello, y la treinta y uno, que a buen seguro obtendrá tarde o temprano -puede, incluso, que hoy mismo- el Madrid con Schuster, yo me quedo con la ramplona del italiano puesto que en ella al menos intervino el factor sorpresa y el Real la ganó cuando nadie daba un duro por él. El valor de una Liga para cualquier club de fútbol del mundo es enorme, pero el valor de una Liga para el mejor club de fútbol del mundo no puede ser el mismo. Vigilan, entre otros muchos, Zamora, Ciriaco, Quincoces y, por supuesto, Santiago Bernabéu, padres fundadores de uno de los mayores mitos deportivos de la historia.
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