El penúltimo raulista vivo

El teatro de las peores pesadillas

Coincide la depresión barcelonista con el apagón de Ronaldinho. El día anterior al partido más importante de la temporada para los azulgrana, Frank Rijkaard se descolgó con unas declaraciones en las que deseaba lo mejor al brasileño... fuera del Barça. Rijkaard no quería a Ronaldinho y luego hubo un tiempo en el que no supo exactamente dónde colocarle, pero en el preciso instante en que este futbolista se sintió cómodo y feliz sobre el campo, el Barcelona empezó a funcionar como una máquina de hacer fútbol. Y no paró de funcionar hasta que ganó la Champions. Ese deseo de bonanza (pero cuanto más lejos del Barcelona, mucho mejor) para Ronaldinho expresado públicamente por Rijkaard demuestra su rotundo fracaso a la hora de recuperar para la causa al mejor futbolista que sigue teniendo ese equipo. El entrenador no quería a Ronaldinho, luego no supo dónde colocarle y ahora le desea paz y felicidad en Milán, pero el jugador no puede ser un tuercebotas ya que Joan Laporta sigue pidiendo 40 millones de euros por él. ¿Es tonto Berlusconi?... Otras cosas sí será, pero tonto no parece.

Ahora pagarán todos el pato a excepción del presidente que ha convertido al club en una plataforma política al servicio de intereses personales y el director deportivo que ha planificado una temporada que vuelve a acabar con un saldo de cero de tres. Uno de los mayores pecados de Florentino Pérez, a quien valoro aún más si cabe después de oír a Mike Ríos despotricando contra él, consistió en consentir impasible el rearme moral y deportivo del barcelonismo. Por permitir, permitió incluso que Samuel Eto'o fichara por el máximo rival cuando pertenecían al Real Madrid una parte de los derechos del jugador camerunés. Laporta, que por aquel entonces aún no soñaba despierto con la República Independiente del Barça, contrató a jugadores de un escalón mediático más bajo que los galácticos, pero con más hambre que los Zidane, Figo, Beckham y compañía. Deco y Giuly querían lo que ya tenían Raúl y Ronaldo, y se lo robaron a punta de pistola, así de crudo. La autocomplacencia mató a aquel Madrid de los Zidanes y Pavones; la autocomplacencia acabará con este Barcelona que olía a dream team.

Como el Real Madrid gana y el Barcelona pierde, Laporta, que ya es un noventa por ciento político y un diez por ciento presidente del club, tirará abajo todo el edificio. Cuando, para contentar a los periobarcelonistas, ya no quede piedra sobre piedra, intentará levantar otro edificio. Pero aquí no fallan los ladrillos, que alguno potable habrá, sino el arquitecto. El proyecto de Laporta arrancó con un punto esencial en su programa, abrir las ventanas y dejar pasar el aire fresco. Hoy, definitivamente acartonado y prematuramente viejo, este proyecto huele a naftalina y a puertas cerradas a cal y canto. Por eso el botox de Huntelaar, Drogba o Lahm no funcionará si Laporta no se atreve a dar el paso adelante que dio en su día Florentino; la diferencia entre uno y otro es que, mientras el madridista tenía ACS, el culé no tiene aún lista su alcaldía. Mucho me temo que Laporta seguirá utilizando al Barcelona bajo el pretexto de que él fue elegido por cuatro años, pero, por muy pronto que se levante y muy tarde que se acueste, su idea del club se estrelló ayer en Old Trafford, el teatro de las peores pesadillas culés. Ahora sólo falta que Ronaldinho triunfe en Italia.
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