El penúltimo raulista vivo

El sueño de Schuster, la pesadilla de Rijkaard

No sabría decir qué me sorprendió más del partido de Copa del Rey jugado ayer, si la victoria del Getafe o la derrota del Barcelona. Alguien podrá aducir, no sin aparente lógica, que en realidad me estoy refiriendo al mismo hecho puesto que una cosa conduce a la otra y no puede haber victoria de uno sin derrota del otro, pero resulta algo más complejo. Quiero decir que sólo con la ilusión no se ganan partidos profesionales de fútbol. Y podría aplicarle el mismo criterio a cualquier otro deporte. Seguro que la mayor ilusión del tenista checo Lukas Dlouhy, número cien del ranking de la ATP, es ganarle un partido a Roger Federer o Rafa Nadal, pero, por mucho que empapele su vestuario con los mensajes de apoyo de sus seguidores y amigos o amenace con prender fuego al All England Tennis Club de Londres en caso de victoria, al final hablarán las raquetas. Y si, además de todo lo anteriormente expuesto, resulta que nuestro amigo Dlouhy tiene que levantar un 5-2 en su contra en el set definitivo, la cosa se pone ciertamente peliaguda. A quien piense que estoy restándole méritos a la victoria del Getafe le rogaría que dejara de leer este artículo en el siguiente punto y aparte. O sea, aquí.
 
A aquellos de ustedes que todavía sigan conmigo les diré que, si por algo resulta maravillosa la victoria del Getafe en esta eliminatoria de Copa, es justamente porque se encuentra encriptada, no hay forma humana de descifrarla, responde a un código secreto, único e irrepetible, confeccionado sólo para un partido, el celebrado ayer. A Frank Rijkaard, que vive del fútbol, le pilló tan de sorpresa como a mí. Nada más concluir el partido de ida, que dejaba la eliminatoria franca para los culés, Bernd Schuster se quejó amargamente por que sus futbolistas no hubieran frenado a tiempo a Leo Messi en el famoso gol que luego daría varias veces la vuelta al mundo. Rijkaard creyó entender el mensaje de su colega alemán y optó por dejar a Messi en Barcelona. Interpretó correctamente que Schuster le estaba diciendo que en el partido de vuelta no se andarían con tantos miramientos, pero el error de Rijkaard consistió en pensar en la Liga en vez de centrarse en la Copa. Bernardo, nada más conocer la noticia, dijo algo así como "ya hemos conseguido algo". Efectivamente, con una sola frase, Schuster había logrado desactivar al mejor futbolista de la plantilla del Barça. Tengo la sensación de que fue entonces cuando Rijkaard empezó a perder la eliminatoria.
 
Pero, regresando al principio, la ilusión por sí sola no gana partidos. No estaba el mejor, pero ahí seguían en pie Ronaldinho, Eto'o, Giuly, Iniesta, Puyol, Zambrotta, Edmilson... Más que suficiente, en cualquier caso, para defender la renta del 5-2 de la ida. Incluso me atrevería a decir que, jugador por jugador, más que suficiente para volver a ganar el partido de vuelta. Porque, se mire por donde se mire, el Barcelona tiene mejor equipo que el Getafe. Ahora bien, el Barça me recuerda mucho a aquellos viejos coches averiados de las películas de Stan Laurel y Oliver Hardy que primero perdían una puerta, luego el retrovisor, más tarde una rueda, luego la otra puerta, hasta que, al final, se quedaba sin frenos en plena cuesta abajo. La épica victoria getafense deja en clara evidencia a un equipo que ayer, en el Coliseum Alfonso Pérez, dio toda la sensación de estar profundamente aburrido, hastiado, harto de ser considerado de un tiempo a esta parte el mejor equipo del mundo.
 
En cuanto a Bernd Schuster, imagino que a Ángel Torres sí le satisfaría la alineación que ayer puso en liza su entrenador. Con el 1-0, Schuster dio otro pasito hacia el estadio Santiago Bernabéu; con el 2-0, entró directamente por la puerta del despacho del presidente; con el 3-0, firmó un contrato por dos temporadas y con el 4-0 se sentó en el banquillo de Fabio Capello. Por la mañana, en un programa de televisión, preguntado por si le gustaba más Mourinho o Schuster, Calderón dijo "Schuster, desde luego". Ya era el que más le gustaba en julio, pero Mijatovic le quitó la idea de la cabeza. Si a Calderón le gusta más Schuster que Mourinho, que viene a ser más o menos lo mismo que Capello, tendrá que esperar hasta el 23 de junio para ficharle. Porque el alemán tenía un sueño y lo cumplió. Y puede que, noqueando de una forma tan espectacularmente dolorosa al Barça, le haya hecho también, sin él pretenderlo, un favor a su próximo equipo.
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