El penúltimo raulista vivo

El Richard Nixon del fútbol español

El otro día pude ver las imágenes de Ramón Calderón en el acto que supuso su debut como presidente de la comisión del centenario de la federación española de fútbol. Un minuto muy duro de insultos y abucheos ("¡sinvergüenza, chorizo!") por parte del público asistente mientras el ex presidente del Real Madrid continuaba como si nada hablando de su libro. Yo no habría podido continuar, me habría retirado en ese preciso instante, pero él sin embargo siguió con su rollo como si nada aunque supongo que la procesión la llevaría por dentro. Antes que eso, a la salida de los juzgados a los que nuevamente tuvo que ir a declarar por el presunto amaño del voto por correo, Calderón fue sometido a un careo muy parecido al que sufren los personajes del mundillo del corazón. Incluso hubo una periodista que le preguntó lo siguiente: "¿Qué piensa de lo que ha dicho Ramón Calderón?"... Y Calderón, como un Dinio cualquiera, miró su teléfono móvil, dirigió la mirada a lontananza, preguntó dónde estaba aparcado el coche y se metió dentro sin responder a ninguna pregunta.

Calderón se ha convertido en algo así como el Richard Nixon del fútbol español, el "mentiroso más transparente que jamás he conocido" según el presidente del partido Republicano -¡su propio partido!- de la época. El trigesimoséptimo presidente de los Estados Unidos de América acabó refugiándose en su rancho de San Clemente después de intentar regresar en vano a la abogacía, incapacitado para ejercer su profesión en todo el territorio estadounidense. He de decir que, humanamente hablando, no me gusta en absoluto lo que le está pasando a Calderón. Supongo que la justicia pondrá las cosas en su sitio e imagino que él no querrá recluirse en su "rancho de San Clemente" porque eso sería tanto como reconocer la ilegalidad de sus actos al frente del Real Madrid, pero si Angel Villar creyó de verdad alguna vez que la exhibición de Ramón Calderón iba a pasar inadvertida es que tiene menos luces de las que yo creía.

José Miguélez me contó anoche en El Tirachinas que los federativos están que trinan con lo sucedido el otro día en la puesta de largo del centenario y que no comprenden cómo los aficionados no supieron diferenciar entre Calderón y lo que allí se estaba inaugurando. Alucino. No doy crédito. Tendría que haber sido el propio Villar quien calculara los efectos de su decisión, colocando provocativamente -como ya comenté aquí mismo- en un puesto relevante a un hombre que había hecho tanto daño al Madrid. Pero Villar, como Casillas en el anuncio, se siente tan seguro que todo le da igual y pasa por encima de quien tenga que pasar. Lo del otro día es sólo el primer capítulo del "chorreo" (ahora sí, Boluda, ahora sí) que le va a caer a Calderón cada vez que abra el pico, de forma que yo le aconsejaría a Villar que para próximas actuaciones fuera alquilando locales cerrados y poco soleados y contratara extras que aplaudieran a rabiar. Pensaba Villar en su ignorancia que le hacía un favor a Calderón. Cosas veredes.
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