El penúltimo raulista vivo

El rey que pitó Els Segadors

No es de extrañar en absoluto que, en la actual situación de indefensión por la que está atravesando el Reino de España, mal representado y peor liderado, Bartomeu no sólo no exigiera el otro día después del Trofeo Gamper que sus socios se guardaran las esteladas sino que se declarara públicamente en rebeldía animándoles a exhibirlas aún con mayor generosidad. La tibieza con la que, al fin, después de dos interminables meses de dilación, se mostró en el mes de julio la tristemente famosa Comisión Antidignidad con aquella sancioncilla de telediario cuyo objetivo real y verdadero no era otro que dar fe televisiva de que, a pesar de los insistentes rumores que apuntaban en sentido contrario, lejos de morir en el intento de castigar a quienes insultaron al Rey, pitaron el himno nacional y, por extensión, nos ofendieron gravemente a todos los españoles, el secretario de lo que nos queda de Estado para lo que nos queda de deporte y su colega de Seguridad continuaban vivos, desembocó en el atrevimiento chulesco del presidente del Barça, dispuesto a pasarse la ley, la justicia y la Constitución por el Arco de Bará.

La sanción, como ya dije en otra ocasión, era una verdadera bicoca para los antiespañoles, una invitación a seguir insultándonos, y, lejos de castigar el delito, acabaría produciendo un lógico ¨efecto llamada¨: ¿Una bolsa de patatas por dejar en evidencia al Rey? ¿Dos de pipas por pitar el himno nacional? ¿Y ambas, patatas y pipas, pendientes de la decisión de la Fiscalía, lía, lía?... Lo que me extraña es que Bartomeu no saliera él mismo enfundado en una estelada de tamaño natural y, ya puestos, fumándose un puro. Miquell Cardenall, el de la ¨marca España¨, ya advirtió tras la larguísima e inutilísima reunión de julio que a ninguno de los miembros de la Comisión Antidignidad se les había pasado siquiera por la imaginación pedir el cierre del Camp Nou, una posibilidad recogida por la misma Ley que estos caballeros hacen trizas con impunidad delante de nuestras narices.

Y es que en España lo hemos inventado todo. Somos los creadores de la democracia. Y, por supuesto, los fundadores de la libertad de expresión. En Francia, por ejemplo, si se pita el himno nacional, los miembros del Gobierno abandonan el campo en fila de a uno y el árbitro suspende el partido, pero... ¿qué saben en Francia de la libertad de expresión?... En Estados Unidos no hay legislación al respecto porque absolutamente a nadie se le ocurriría jamás pitar el himno, pero... ¿qué saben en Estados Unidos de democracia?... Aquí, y tras el akelarre secesionista de 2009, la Audiencia Nacional ya dictaminó que los pitos al himno no constituyen delito, así que lo más probable es que la Fiscalía deje que tanto patatas como pipas, chicles y caramelos caduquen, se pudran y acaben en el cubo de la basura, que era lo que buscaba desde el primer momento la Comisión Antidignidad. Y ya verán como dentro de un tiempo, a no mucho tardar, les contarán a nuestros nietos que una vez, en una final de Copa entre Barça y Athletic Club, hubo un Rey del opresor Estado español que humilló a Cataluña y se rió de todos los catalanes al pitar Els Segadors.

A continuación