El penúltimo raulista vivo

El proyecto renqueante de las camisetas andantes

Fue a la vuelta de un partido de Copa de la UEFA contra el Politécnica de Timisoara. El Atlético de Madrid acababa de ser eliminado en Rumanía por un equipo universitario y Jesús Gil me recibió en el Club Financiero Inmobiliario. Eran los tiempos álgidos de Gil, cuando todo el mundo le reía las gracias y él se sentía el Atila o el Gengis Khan del fútbol español. Recuerdo que salimos un minuto a la calle para hacerle unas fotos y aquello se convirtió en un maremágnum de claxons. Desde su metro y noventa centímetros largos, Gil saludaba a todo el mundo: "adiós amigo, hasta luego, adiós"... Me preguntó por mi edad y me dijo que yo era muy joven para saber algunas cosas: "por ejemplo, ¿tú sabes lo que es el comunismo? ¿A que no lo sabes?"... El Atleti había hecho un ridículo espantoso en Rumanía ante un rival muy inferior y fue entonces cuando oí a Gil referirse por primera vez a las camisetas andantes: "por lo menos hicimos feliz a una ciudad". La noche del partido fue fiesta en Timisoara.

Transcurridos casi veinte años desde aquello, lo cierto y verdad es que podemos decir que las cosas no han cambiado sino a peor. Hoy no sólo son andantes, y renqueantes además, las camisetas sino el club en general, los propietarios y los entrenadores que han ido pasando por ahí, las estructuras, el proyecto, incluso la mentalidad... Todo. Y buena prueba de esto que digo es lo que sucedió ayer en el primer entrenamiento de Quique como nuevo técnico colchonero. Después de permanecer durante cerca de media hora en la puerta número 5 del estadio, el club dejó entrar a una treintena de miembros del Frente Atlético y dos de ellos estuvieron incluso reunidos con Antonio López. Cerezo abrió la puerta número 5 y Quique la del vestuario, aunque en descargo del madrileño habría que decir que llevaba sólo una hora en el cargo y que todos los entrenadores de ese equipo necesitan un período de presurización.

Lo acontecido el domingo posterior al sábado de la vergüenza, el del empate ante un equipo que se quedó con 9 jugadores sobre el campo, es la prueba más flagrante del inmenso complejo de inferioridad que atenaza a los dueños del club. Se sienten culpables y vencidos, derrotados por aquellos que piden su marcha y, por ende, metidos en un callejón sin salida ni para ellos ni para el Atlético de Madrid. Los jugadores, egoístas por naturaleza, habrían recibido igual a una pareja del Frente Atlético que a otra de la Guardia Civil si eso significaba que después podían irse tranquilamente y en paz a sus respectivas casas. Y total, ¿para qué? ¿Para pedir compromiso? ¿Y para prometer que darán el ciento diez por ciento en el próximo partido?... Suena a chanza. Por el bien del club, al que sinceramente aprecio, espero que Quique se aclimate cuanto antes porque el avión va sin piloto y desciende en picado con destino a las Montañas Rocosas.
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