El penúltimo raulista vivo

El olor del napalm por la mañana

Moleste a quien moleste, lo cierto es que Diego Armando Maradona tiene más razón que un santo: parecía que la Copa ya era nuestra sin tener que bajar siquiera del autobús y que el resto de participantes -también aquellos que han ganado cinco, cuatro o dos Mundiales- estaban condenados a verlas venir. Y es curiosa tanta excitación, que ahora se vuelve contra nosotros como un boomerang tal y como estaba previsto y anunciado aquí mismo, puesto que la historia de España en el Mundial de fútbol cabe en medio folio y nos sobra cuarto: no participamos en el primero, fuimos eliminados en la primera fase en cuatro ocasiones, en la segunda fase en otra, nos mandaron para casa en octavos dos veces y en cuartos otras cuatro y llegamos a semifinales allá por el año 1950, nuestro mayor hito. Es cierto que en Sudáfrica jugamos como vigentes campeones de Europa, pero también lo hicimos en el campeonato de 1966 y acabamos décimos en la clasificación final, corroborando que una cosa es la Eurocopa y otra bien distinta el Mundial.

Si de lo que se trata es de blandir el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, Maradona tiene el mismo derecho que los demás (o más incluso que el resto si tenemos en cuenta que él ganó un Mundial como jugador y podría conquistar otro como entrenador) a dar su opinión. Y, en el caso concreto que nos ocupa, estoy de acuerdo con él: daba la impresión de que la Copa era para España sí o sí. Lo que desconoce Maradona es que tras esa aparente firmeza y confianza absoluta en nuestras posibilidades se esconde la trampa de un pueblo cainita donde los haya. Me explico: si España gana el Mundial, (por primera vez desde 1934), Vicente del Bosque se habrá limitado a cumplir con el expediente, mientras que si España no gana el Mundial habrá que inmolar en la plaza pública al actual seleccionador nacional; de ahí justamente la inoportunidad de las declaraciones de Luis Aragonés, repetidas de nuevo tercamente anoche en la cadena Al Jazeera. Estaría más guapo calladito.

España ganó a Honduras por 2-0, y pudo haberlo hecho por 3-0 si Villa hubiera acertado con el penalti, o por 5-0 si Nishimura hubiera pitado las otras dos clarísimas penas máximas que se produjeron, o por 7-0 si se hubiera tenido un pelín más de tino en los metros finales, pero todo es poco para un equipo que ya estaba celebrando el título en la Plaza de Colón de Madrid. "¡Camarero!... ¡Una de mero!"... Pues el mero habrá de esperar. España ganó a Honduras después de haberla pifiado ante Suiza y ahora depende de sí misma, pero resulta insuficiente para un equipo que tiene que llegar a la final por el artículo 33 por primera vez en su historia. Acabo de escuchar a Roberto Palomar en Radio Marca diciendo que él cree que Luis quiere que España pierda. Yo no iré tan lejos, aunque está desgraciadamente claro que este equipo se encuentra nuevamente abocado a remar contra la corriente y a achicar el agua que sale a borbotones por los boquetes que abren nuestros propios compatriotas. Vuelven las barricadas. Ya las echaba de menos. Como dice el coronel Kilgore, me gusta el olor del napalm por la mañana.
A continuación