El penúltimo raulista vivo

El invento del señor Finisterre

Ha muerto en Zamora Alejandro Finisterre, el inventor del futbolín. Ahora, que yo sepa, ya no se juega demasiado al futbolín. O a lo mejor lo que sucede es que yo ya no juego al futbolín y por eso creo, egocéntrico de mí, que nadie más juega. En mi época quedábamos en los futbolines y aquello lo resumía todo aunque, en realidad, en las inmensas salas de juegos recreativos hubiera también mesas para jugar al billar español o al billar americano (ese juego tan idiota que consiste en meter un montón realmente innecesario de bolas de colores), máquinas de pinball, dianas, simuladores y creo recordar que incluso tenis de mesa, el tradicional y mal llamado ping-pong. Pero como no estábamos para perder demasiado el tiempo, al quedar en los futbolines se sobreentendía que quedábamos en todos esos sitios a la vez.

El futbolín, como el billar, tenía algo de mala fama porque si ibas por ahí demostrando una destreza superior a la media, la gente interpretaba inmediatamente que eras un golfillo y que estabas faltando demasiado a clase. Sin embargo yo he conocido a gente que no faltaba ni un sólo día a clase, que cogía todos sus apuntes religiosamente y que luego jugaba al futbolín como lo haría el mismísimo Santos de Pelé. Del mismo modo tuve conocimiento también de gente que lo memorizaba todo al instante con sólo echarle una rápida ojeada al libro que caía en el examen. Porque los libros, como las lecciones, caían, al igual que se les caen a los árboles las hojas en otoño o del mismo modo a como cayó el Imperio Romano. Fue una pena que nunca cayera futbolín.

Pero ahora ya no se juega con el invento del señor Finisterre. Ni se compran tampoco cromos de futbolistas. Una cosa llevaba a la otra y, si te gustaba mucho el fútbol, acababas jugando al futbolín y más tarde terminabas comprando cromos de futbolistas, ése era el circuito habitual. En el futbolín, como en el fútbol, también se producían auténticas tanganas en cuanto alguien trataba de sacar la bola con efecto. Existía una especie de reglamento FIFA no escrito, una suerte de libro ético del buen jugador de futbolín que te impedía, por ejemplo, hacer la ruleta. Eso estaba realmente mal visto y si insistías en hacerlo acababas como Paul Newman en El Buscavidas. Yo, para qué decirlo, siempre me pedía el Madrid. En aquella época casi todo el mundo se lo pedía. La mía fue una generación de muñecas hábiles, dedos ágiles y un poco de imaginación, menos, desde luego, de la que tuvieron que echarle nuestros padres. Ahora, me imagino que para desesperación de su inventor, ya no se juega tanto al futbolín. Hoy lo que se lleva es Metal Slug, Pro Evolution Soccer y Samurai Western, y el efecto se consigue apretando un simple botón. Así de sencillo. Y, desde mi modesto punto de vista, así de aburrido.

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