El penúltimo raulista vivo

El inexistente glamour de la derrota

Aunque es cierto que hay muchas formas de perder, no existe demasiado glamour en la derrota. De ser así, todo el mundo querría convertirse en un perdedor y, puestos en la tesitura de tener que elegir entre una cosa y otra, lo que la gente quiere habitualmente es ganar. Posiblemente en la vida sea más complicado distinguir entre ganadores y perdedores, todo depende del matiz; pero en el deporte, y más concretamente en el fútbol, es más sencillo. Por supuesto que el hecho de que un club gane más o menos partidos y más o menos títulos no tiene nada que ver con el cariño y la fidelidad de sus seguidores, pero estoy por conocer el caso de un aficionado, uno sólo, que esté feliz y dichoso porque su equipo no para de darle disgustos. Un equipo resulta simpático mientras pierde o no gana demasiado, pero pasa a ser antipático en el instante en que cambia la racha. Eso le pasó en su día, por ejemplo, al Deportivo de La Coruña.

Tengo para mí que el Atlético de Madrid se encuentra ante el Rubicón de tener que elegir entre ser un equipo muy simpático y perdedor o empezar a ilusionar a sus aficionados con algún que otro éxito que llevarse a la boca. Porque palmar, por mucho que se jalee en un himno, ha dejado de tener ese glamour con el que algunos revistieron hace tiempo, probablemente con objeto de eludir la propia responsabilidad, lo que es el puro y duro fracaso deportivo. La Comisión Ejecutiva del Atlético de Madrid no adoptará hoy ninguna decisión al respecto del futuro inmediato de Javier Aguirre, y es que probablemente habría que elegir una Comisión Ejecutiva paralela que examinara los resultados de la otra Comisión Ejecutiva, la oficial. El otro día oí a Javier Aguirre recordar la cantidad de años que el Atlético llevaba fuera de la Copa de la UEFA y de la Champions, y cómo él había recuperado el sitio europeo del equipo. A eso me refería precisamente: el hecho de que el Atlético lleve ocho años fuera de la UEFA y diez sin jugar la Champions no justifica en absoluto la eliminación ante el Bolton y la derrota del otro día ante Osasuna en Pamplona. Más que a lección histórica, que ya nos la sabíamos y mejor que el mejicano, lo de Aguirre sonó a excusa.

Lo que tiene que cambiar el club Atlético de Madrid es la dinámica, eso que los modernos definen ahora como el chip. Alguien grabó hace tiempo en el circuito integrado del club que la derrota era glamourosa y que perder tenía su aquel. Pues no, perder ni tiene su este ni tiene su aquel, perder es malo y ganar es bueno. Yo creo que el viejo chip ha acabado por rebajar instintivamente el nivel de exigencia de todos: como la afición es siempre fiel y está con el equipo en las duras y en las más duras todavía, todo vale, desde dar por hecho que algún día vendrá un equipo grande para llevarse a Agüero hasta reconocer que el mérito está en volver a la Champions después de una década plagada de desilusiones. El Atleti necesita otra marcha, otro vigor, un aire nuevo, nuevas ideas y gente con un circuito integrado moderno que convenza al ordenador central de que no existe glamour alguno en la derrota. Porque no hay mal que cien años dure ni cuerpo rojiblanco, por mucho ginseng rojo coreano que tome, que lo resista.
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