El penúltimo raulista vivo

El gran Victoriano

Desafortunadamente la imagen que transmite la federación española de fútbol de Angel María Villar es al final la de un altivo y prepotente Victoriano Sánchez Arminio con las manos en los bolsillos y el palillo entre los dientes, ninguneando a los periodistas que quieren preguntarle por los últimos desastres de sus chicos, incapaz de pararse con ellos ni medio minuto, protegido por el empleado de turno que intenta alejarle del mundo real. "¿Presión?... ¿Me ves a mí con presión?"... Claro que Arminio no tiene ninguna presión, absolutamente ninguna, porque a nadie debe darle cuenta de sus errores, que son muchos, y puede seguir cometiéndolos con la impunidad que le sirve en bandeja el hecho de ser una de las piezas de un mecano obsoleto y oscurantista, y porque lo mismo daría en realidad que oteara desde su atalaya las pruebas físicas de sus chicos o que se fuera directamente al prau a apacentar a las ovejas.

Nada de lo que digamos o hagamos cambiará ya el modo de actuar de Arminio, un producto típico de Villar, que lleva ahí casi el mismo tiempo que Mobutu Sese Seko en la presidencia del Zaire. Y lo verdaderamente trascendente es que tampoco cambiará Arminio por lo que puedan hacer o decir los clubes de fútbol, únicos protagonistas del espectáculo del que paradójicamente vive a cuerpo de rey el gran Victoriano. Porque, en el fondo, Victoriano es grande, muy grande. En un país como el nuestro con tantos problemas económicos y con un déficit de empleo brutal, Sánchez Arminio ha logrado cuadrar el círculo. Y ya, a punto de la jubilación, le da igual. Victoriano hace lo que aprendió de Villar, que lleva ahí desde los tiempos de María Castaña haciendo de su capa un sayo.

El sistema está podrido por muchos motivos. Uno de esos motivos es sin duda alguna una legislación deportiva antediluviana. No dudo que sea absolutamente legal sancionar al Atlético de Madrid con 600 euros por el mechero que un salvaje le lanzó a Cristiano desde la grada, tampoco que la pena que conlleve un incidente tan desagradabe como ese no acaree siquiera el apercibimiento de cierre del estadio Vicente Calderón. Legal sí, justo no. Esa justicia, como dijo en su día Pedro Pacheco, es un cachondeo y, transcurridos los años, continúa siendo permisiva con el agresor y alentando peligrosamente de modo indirecto a que cualquier día pueda suceder una tragedia. Yo, que quede claro, no hablo del Calderón sino de cualquier campo de fútbol. Ante el hecho violento uno puede actuar de dos formas: o bien yendo a atajarlo de raíz o bien recibiéndolo con las manos en los bolsillos y el palillo entre los dientes como hace el gran Victoriano.

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