El penúltimo raulista vivo

El Goya al ridículo más espantoso para...

Algunos perioatletistas se jactaban hace bien poco de que estaban por encima del Real Madrid. Eran aquellos, según su estrechez de miras, unos fantásticos días de vino y rosas para el club puesto que ya habían logrado superar momentáneamente en la clasificación a su máximo rival, un equipo maltrecho y roto por el eje. Hoy, con un Madrid tan aburrido como el de Capello pero distanciado en doce puntos del equipo rojiblanco, esos mismos perioatletistas simplemente han desaparecido de la faz de la tierra, dejando al equipo abandonado a su suerte y ante la única pregunta que debe responderse a sí mismo: "¿qué quiero ser de mayor?"... Porque el Atlético de Madrid, que es por historial uno de los tres grandes de España, deberá crecer al margen de lo que haga o deje de hacer el Real Madrid o lo pasará tan mal como lo lleva pasando los últimos diez años.

Los entrenadores van y vienen. Ahora le ha tocado a Javier Aguirre pagar los platos rotos, y después le tocará a Abel Resino. Por supuesto que Aguirre tiene su responsabilidad en el mal juego del equipo y, sobre todo, en haber servido de coartada a algunos futbolistas que hace tiempo que decidieron bajarse del tren cuando este estaba todavía en marcha, pero el verdadero problema del Atlético de Madrid ni acaba ni empieza en el banquillo. ¿Qué quiere el Atlético para sí? ¿Quiere vivir siempre a la sombra del Madrid o piensa crecer algún día? Este proyecto, y cuando hablo de proyecto me refiero, naturalmente, al de la familia Gil, se acabó hace mucho tiempo, tanto que ya ni me acuerdo. Está agotado y provoca contínuas fricciones entre los socios. Ya no cuela lo de la Sociedad Anónima Deportiva porque en otras SAD -y ahí está, por ejemplo, el Valencia- se han intentado buscar soluciones.

A Abel se le ficha ahora porque es muy atlético. Pues muy bien. Por la misma regla de tres podrían haber colocado ahí a Pereira. El nuevo entrenador llega en un momento complicado porque, como decía, el proyecto está finiquitado y transmite una señales tan claras de desgaste como la historia misma del cese de Aguirre, con Gil cerrando en Dubai el fichaje de Abel, y Cerezo en Ginebra sin enterarse de nada de lo que se cocía a su alrededor. No prejuzgaré al nuevo entrenador. Es más, si me demuestra con hechos que se puede jugar mejor al fútbol con Ujfalusi, Heitinga o Banega de lo que lo ha hecho Aguirre, sencillamente brindaré por él. Aunque nadie conseguirá quitarme de la cabeza que a Aguirre, de quien podían haber prescindido en octubre, noviembre, diciembre o enero, se lo cargaron en febrero porque los aficionados se giraron descaradamente hacia el palco. Es este el Goya al ridículo más espantoso. 
A continuación