El penúltimo raulista vivo

El galáctico del juego de reyes

Ya está todo dicho sobre Bobby Fischer. Quizás el último sarcasmo cabalístico haya sido que la muerte le llegara de repente con 64 años, exactamente el mismo número de casillas que tiene un tablero de ajedrez. Fischer no era un hombre culto, ni estaba tampoco demasiado bien informado de la realidad que le circundaba, carecía de sentido del humor y todo se lo tomaba al pie de la letra, pero una vez el Instituto Erasmus Hall calculó que su coeficiente intelectual era superior a 180 cuando la inteligencia normal oscila entre 90 y 109, y la superior entre 110 y 119. Poseía una memoria prodigiosa y sólo quería que le dejaran jugar al ajedrez en paz. Algunos afirmaban, medio en broma y medio en serio, que a Robert sólo le disgustaba el hecho de tener que depender de otro ser humano para poder competir con alguien. Fischer no era malo, ni raro, sólo era distinto, un superdotado, un hombre mentalmente aislado en una jaula de filas, columnas, diagonales y esquinas.

Yo habría pagado por entrevistarle en 1972, cuando consiguió por primera vez derrotar él solito al imperio ajedrecístico ruso, un inacabable ejército de cincuenta millones, cincuenta, de disciplinados jugadores por amor al arte. Habría vuelto a pagar por entrevistarle cuando, en 1992, regresó de la nada para conmemorar los veinte años de su victoria ante Borís Spasski. Y lo habría hecho en 2004, descubierto mientras pretendía ir a Filipinas desde Japón. Por supuesto que habría vuelto a pagar, arruinándome definitivamente, para poder charlar un rato con ese chaval larguirucho y con el pelo cortado al uno, el campeón juvenil más jóven de los Estados Unidos, que se muerde la uña del dedo índice de la mano izquierda mientras que con la derecha no sabe si mover la reina negra o dejarla donde está: Robert compite en Rosenwald, torneo en el que no perdería ni una sola de las partidas que jugó.

Fischer irrumpió con fuerza, desapareció misteriosamente, volvió a reaparecer, desapareció y se hizo definitivamente visible transformado en un triste adefesio. Estuvo mucho más tiempo ausente que presente y, pese a todo ello, revolucionó para siempre el mundo del ajedrez, convirtiéndose en el galáctico del juego de reyes. No fue el primer ajedrecista extravagante ni tampoco será el último. Curt von Bardeleben se suicidó en 1924 arrojándose por una ventana, el mismo método que emplea Luzhin en el libro de Nabokov; Akiba Rubinstein fue presa de una timidez patológica, una complicada enfermedad que le llevaba a esconderse en un rincón de la sala después de realizar un movimiento; Paul Morphy tuvo episodios de locura, rápidamente atribuidos por la prensa a sus increíbles conquistas mentales. No habrá otro Robert J. Fischer, no volverá el mimofante, sensible como una mimosa y coriáceo como un elefante. Ya está todo dicho sobre el mejor jugador de ajedrez de la historia.

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