El penúltimo raulista vivo

El flan Illarramendi

Reina, según me cuentan, cierta confusión entre los periodistas que cubren habitualmente los entrenamientos del Real Madrid. Sí porque, acostumbrados como estamos los profesionales de la información deportiva al lenguaje críptico del fútbol, Ancelotti suele desarmar a los colegas con esa sinceridad brutal que suele aplicar a casi todas sus respuestas. Pasó, por ejemplo, cuando, una vez clasificado el equipo para la final de la Champions, le preguntaron si Casillas se quedaría sin jugar veintitantos días hasta el partido contra el Atleti; fue entonces cuando Ancelotti desveló que Iker y Diego se repartirían los minutos y qué partidos jugaría uno y cuales disputaría el otro. Se acabó. Sin polémicas. Sin debates. Sin misterios. Casillas estos y Diego estos otros. Hasta luego.

Cuando, fruto de una jugada imprudente en un partido que ya estaba decidido, Alonso se quedó sin final tras una entrada sin sentido y a destiempo en el Allianz Arena, Ancelotti volvió una vez má a ser descarnadamente sincero al aventurar que el sustituto natural de Xabi sería Illara. Trato de meterme en la cabeza de ese chico de Motrico, un municipio de 5.000 habitantes a orillas del mar Cantábrico, al que se sacó de la Real Sociedad para vestirle con la camiseta del mejor club de fútbol del mundo, y a estas alturas de la temporada no soy capaz de responder si el hecho de conocer tan pronto por boca de su entrenador que iba a ser titular en la final de la Champions supuso para él un motivo de profunda alegría o de honda preocupación.

Ha habido futbolistas a lo largo de la historia que mintieron sobre su estado físico sólo para poder jugar una final importante. Uno de los casos más significativos fue el de Pedja Mijatovic, que acabó marcándole a la Juventus de Turín el histórico gol que supuso la obtención de la Séptima. Me gustaría poder decir otra cosa pero ahora mismo no veo a Illarra mentalmente preparado para sujetar al equipo en un partido tan importante como el que se va a jugar en Lisboa el próximo sábado 24. Me fijo más que un búho en todos y cada uno de sus movimientos sobre el campo tratando en vano de encontrar algo parecido a lo que no hace demasiado tiempo vi en el futbolista que lideraba la selección sub 21. Me fijo mucho... pero no veo nada.

Me traiciono a mí mismo regalándole sobresalientes a Illarramendi cuando ninguna de sus jugadas han merecido semejante nota a lo largo del año que ahora acaba. Me imagino que al final se confirma su titularidad ante el Atleti y sueño con un gol suyo, aunque sea uno feo y de rebote, que le dé al Madrid la añorada Décima. Le deseo lo mejor pero me topo una y otra vez con la cruda y desagradable realidad del Asier flan, el Asier torpón para el que un pase de un metro con la camiseta del Real Madrid representa de repente algo tan sumamente complejo como descifrar un jeroglífico egipcio de la era de Amenofis II. Me dicen que necesita tiempo, que no es él, que no está jugando en su sitio, que le cuesta adaptarse, y puede que todo eso sea cierto pero hoy, en este preciso momento, a dos semanas vista de una final que marca la distancia entre un año genial y una temporada mediocre, si algo no tiene el club blanco es tiempo para Illarramendi. A Illarra se le espera pero no llega y eso es algo que probablemente ni siquiera pueda solucionar ahora mismo el inacabable optimismo del señor Ancelotti.

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