El penúltimo raulista vivo

El entorno endeble de un equipo campeón

Definitivamente twitter no confía ni mucho ni poco en la selección que dirige el italiano Sergio Scariolo, circunstancia ésta que me deja ciertamente perplejo y confundido. Sí, perplejo, así como suena. Perplejo porque en twitter convive gente pasional y que no ve más allá del próximo cuarto del partido, sí, de acuerdo, pero también otra gente sensata y que comprende y quiere a un deporte que, por lo demás, es una máquina de darnos satisfacción tras satisfacción. Me parece que el entorno de nuestro basket es demasiado frágil y quebradizo, endeble y muy mal acostumbrado: se ha convertido en el niño ñoño que amenaza con hacerse popó encima si no le traen su nueva medallita. Yo, ya lo he dicho en más de una ocasión, pertenezco a esa generación que se asomaba a los partidos de la NBA como lo haría un miembro de la última tribu de indígenas brasileños no contactados descubierta por Survival si, de repente, de la noche a la mañana, le dejaran en mitad de la Quinta Avenida de Nueva York.

Servidor vivió la medalla de plata olímpica de 1984 como lo que en realidad fue, una puñetera heroicidad a la altura de las conquistas de Hernán Cortés; por Los Ángeles soltamos a los Epi, Corbalán, Margall y compañía, y los tíos tuvieron la tremenda ocurrencia de llegar ni más ni menos que a la final y poner al país boca abajo. Lo dicho: como un indígena brasileño no contactado. Pero es que esta selección y esta generación de jugadores que, según parece, han perdido todo el crédito por una noche mala ante Gran Bretaña que acabó con victoria y otra noche peor ante Rusia que finalizó en derrota, ganó el Mundial de Japón de 2006, logró la plata en el Eurobasket de 2007, fue subcampeona olímpica en Pekín 2008 y logró oros en los Eurobasket de 2009 y 2011. Una fruslería.

Yo creo que si Michael Phelps hubiera nacido en Parderrubias, provincia de Pontevedra, aún le estaríamos afeando que, en lugar de las veintidós cosechadas, no hubieran sido veintitrés, veinticuatro, treinta o cuarenta las medallas conquistadas a lo largo y ancho de los Juegos. Y no me refiero, por supuesto, a las críticas deportivas y razonables hacia el juego, de las cuales aprendo, sino a ese cachondeíto autodestructivo y rencoroso que solemos traernos entre manos cuando del equipo estadounidense se trata, un equipo en el que muchos de sus jugadores parecen tenernos más respeto a nosotros que nosotros mismos. ¿Y por qué no va a poder soñar la afición con derrotar a EE.UU? ¿Hay algo de malo en eso? ¿Hace daño a alguien la gente creyendo en una victoria contra el gigante americano?... A mí me parece que a estos chicos hay que darles las gracias por los servicios prestados y por los que aún nos van a prestar. Gracias, gracias, gracias y gracias. Lo demás, negros augurios.

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