El penúltimo raulista vivo

El domingo veintiuno

Hasta yo, que no vengo de Marte sino de Chamberí, que está más cerca, veré este fin de semana el Gran Premio de Brasil. Hasta yo me pondré delante del televisor para seguir atentamente todo lo que suceda en el circuito de Interlagos. Hasta yo he caído en las redes de ese auténtico sinsentido televisivo (que me perdone Lobato, o que no me perdone, a mí plim porque duermo en Pikolín) de vueltas y más vueltas y más vueltas alrededor de una "ese", una "uve" o una "o" gordas. Decía Oscar Wilde que la mejor forma de evitar la tentación era cayendo en ella, y yo, el domingo veintiuno, prometo zambullirme en el Guarapiranga y, antes de secarme con la toalla, hacer la "bomba" en el Billings con la malsana intención de que pase algo divertido, lo que sea.

Algo pasará, eso seguro, aunque no será por el factor mecánico –que ése ha evolucionado tanto que impide los adelantamientos, de forma que quien sale primero (la famosísima "pole") acaba primero, y quien tiene menos motor y queda el último ya puede ir rezando todas las oraciones que se sepa para que ese día llueva más que cuando enterraron a Zafra y los de adelante se choquen los unos contra los otros como si de barquitas esponsorizadas se tratara– sino por el tradicional e imbatible factor humano, ese que nunca defrauda, el de los odios, los celos, los recelos y la envidia, siempre la envidia.

Veré el Gran Premio de Brasil porque me lo han envuelto con un papel de celofán tan bonito que no abrirlo sería un auténtico pecado. Estoy como un niño con zapatos nuevos, como estaba en la noche de Reyes: "¿me levanto o no me levanto?", "¿eso ha sido un ruido?", "¿habrán llegado ya?". No me extrañaría nada que todo esto no fuera más que una operación de marketing del tal Bernie Ecclestone, que tiene pinta de haber vivido mucho y de sabérselas todas. Carlos Gracia ha sido el último en ponerme los dientes largos: "con lo racistas que son, que se tengan que apoyar en uno de color..." Tengan por seguro que el domingo seguiré muy de cerca al piloto de color negro, y luego me fijaré mucho en los de color blanco. Sus ojos de muchos colores serán ese punto en el cual se mezclan alma y cuerpo, que diría el poeta. Y en un deporte de máquinas volverán a importar sólo los sentimientos de los hombres. Por esa razón veré este domingo el Gran Premio de Brasil. Esperando a que pase algo.
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