El penúltimo raulista vivo

El Atleti y la maldición de Tutankamon

El fútbol de este Real Madrid resulta para quien esto escribe tan ininteligible como los cuatro minutos de transmisión en vasco que tuvimos que tragarnos por La Sexta. Si de oír chorradas se trata, yo, para qué nos vamos a engañar, prefiero hacerlo en español. Harto de perder últimamente contra su máximo rival en el estadio Vicente Calderón, probablemente consciente de las enormes limitaciones que tiene el equipo entrenado por Capello, el Atlético de Madrid salió a comerse a dentelladas al Real. Y se lo comió. Si en vez de disputarse el sábado a las diez, el derbi hubiera empezado a jugarse el pasado martes a las diez y media, nadie habría notado la diferencia entre el equipo que acabó asfixiado ante el Bayern de Munich en el estadio Santiago Bernabéu y el que salió al césped del Calderón. Es como si, tras el gol de Van Bommel, les hubieran llevado directamente al autobús para que, sin pasar ni siquiera por la reparadora ducha, continuaran jugando un triangular contra los chicos de Javier Aguirre.
 
El demérito merengue era mucho, pero la excelencia rojiblanca también. Agüero quería el balón. Jurado trataba de reivindicarse ante su ex. Galletti daba un pase de la muerte que nadie acertaba a rematar. Y, en el minuto 11, fruto precisamente de ese ansia por hacer las cosas bien, llegaba el gol del jugador que nunca le había marcado al Madrid, subía al marcador el gol del "niño" Torres, adulto por fin ante el eterno rival. Tres minutos después, en pleno desbarajuste merengue, los rojiblancos lograban otro gol, en esta ocasión de Perea, anulado injustamente por Daudén Ibáñez, confundido por su juez de línea. En el minuto 26 llegó la jugada que mejor define al Real de Capello: Cannavaro y Helguera, más solos que la una delante de Leo Franco, no tiraron a puerta creyéndose en fuera de juego.
 
Capello recurrió al rehabilitado Cassano en la segunda mitad.  Para cuando "Talentino" entró en el campo, Seitaridis y Galleti ya eran Manfred Kaltz y Pierre Littbarski respectivamente. En el minuto 55, con el Atlético achuchando, Capello hizo de Capello y quitó a Gago para dar entrada a Diarra. Siete después, lo inesperado: Cassano habilitaba a Higuaín, -mi compañero Fernando Burgos dice que en el vestuario lo conocen como "Igualín"- y éste conseguía el empate. El gol obró en el Real Madrid un milagro que duró aproximadamente diez minutos. El último cuarto de hora volvió a ser netamente rojiblanco y Casillas, de nuevo convertido en santo, impidió que Mista, primero, y Agüero, después, lograran el segundo gol rojiblanco. El Real Madrid debió perder y sin embargo terminó empatando. No acaba Enrique Cerezo con la maldición de Tutankamon. Y Capello puede seguir viviendo del cuento otra semanita más.
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