El penúltimo raulista vivo

El árbitro que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina

Me pregunto lo siguiente: ¿Cómo llega un chaval a la conclusión de que quiere ser árbitro de fútbol?... Lo que quiero decir es que lo divertido del fútbol es marcar goles o evitarlos, participar activamente en el juego. Yo creo que un chaval llega a la conclusión de que quiere ser árbitro del mismo o parecido modo a que otro chaval llega a la conclusión de que quiere ser periodista deportivo: a través del amor al deporte. O, para ser aún más exacto, un chaval quiere ser árbitro, entrenador o periodista porque no alcanza el nivel mínimo exigido para ser futbolista y quiere continuar vinculado al deporte como sea. Yo me empeñé en ser periodista deportivo porque me encantaba el fútbol y porque una noche oí a José María García hablando de "chupópteros" y "correveidiles". ¿Y es posible que te guste el fútbol y que no tengas unos colores?... Yo creo que es imposible. ¿Es posible que un niño, futuro árbitro de Primera, fuera capaz de ir al fútbol con su padre al estadio de un equipo e, intuyendo ya a lo que se iba a dedicar dentro de diez o quince años, no vibrara o sintiera esos colores?... Seguro que en los hogares paternos del noventa por ciento de los árbitros de Primera podríamos encontrar fotos del niño vestido con la camiseta del Madrid, del Barça o del Atleti.

Este rollo macabeo viene a colación de las declaraciones efectuadas por Megía Dávila al Marca en las que confiesa que él era madridista desde niño. Se ha montado un revuelo importante con esa afirmación y quien más y quien menos se ha rasgado las vestiduras en la plaza pública. Lo primero que hay que decir es que Megía ha sido sincero. Lo segundo que hay que decir es que Megía ha sido inoportuno. Y lo tercero que hay que decir es que Megía ha picado el anzuelo. Pero, en el fondo, de lo que estamos hablando aquí no es de si a un árbitro o a un periodista le tiran más unos colores que otros -que eso, salvo que seas un trozo de carne con ojos, es inevitable- sino de la honradez de las personas. De todo el mundo es sabido que yo siento una debilidad especial por el Real Madrid. Hasta ahora estaba bien visto que un periodista dijera que era, por ejemplo, del Atlético de Madrid. El Atleti cae simpático porque casi siempre está en crisis; de hecho, yo creo que hay periodistas que fingen ser del Atleti por una cuestión de marketing: piensan que eso va a ayudarles en sus carreras profesionales. Pero, ¿confesar que uno era del Madrid?... ¡Vade retro, Satanás!... De repente, si confesabas que eras del Madrid pasabas a ser un vendido, un aliado del poder establecido.

¿Así que los árbitros profesionales no han tenido pasado, ni vivencias, y han llegado a la conclusión así, de repente, sin venir a cuento, de que querían dirigir partidos en vez de jugarlos?... Eso sería tanto como creer que un niño de diez años a quien no le gustara el fútbol, no hubiera practicado jamás ninguna clase de deporte, odiara el esfuerzo físico y se dedicara todo el día a leer a Emilio Salgari, se acostara por la noche y, al levantarse a la mañana siguiente, fuera gritando por los pasillos: "¡Mamá!... ¡Papá!... ¡Yo de mayor quiero ser árbitro de Primera División!"... "Pero, ¿se ha vuelto loco el niño, Clotilde?"... Megía podría haber soñado despierto con cualquier otra cosa que no hubiera sido una cerilla y un bidón de gasolina, pero al fin y al cabo ha sido sincero. Ingénuo, sí, pero sincero. Políticamente incorrecto, también, pero sincero. Porque, ¿vamos a someter a revisión todas y cada una de las decisiones de los árbitros a lo largo de los últimos cincuenta años?... Si es así, a mí me gustaría preguntarle a Celino Gracia Redondo qué tal le caían los jugadores del Real Madrid y especialmente Fernando Hierro. Más gasolina. Mi reino por una cerilla.
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