El penúltimo raulista vivo

El año del Mundial

Es muy posible que la selección española de fútbol salte este martes al Monumental para enfrentarse a Argentina sabiéndose ganadora del premio Príncipe de Asturias de los Deportes. Si no fuera por los miembros del jurado que lo otorga, protagonistas de algunas decisiones realmente rocambolescas, aseguraría que así será, pero con estos no me atrevo a hacer predicciones. Los otros candidatos (Rossi y Gebrselassie especialmente) y algunos nombres más que siempre se quedan fuera del circuito por arriesgados (hace años que defiendo infructuosamente la candidatura de Javier Castillejo) son también merecedores al premio, pero si este año, el del primer Mundial para España, el equipo entrenado por Vicente del Bosque no lo consigue, no sé cuándo lo logrará.

Es justo, y me atrevería a decir incluso que necesario, que nuestro equipo nacional de fútbol se lleve el premio porque, de lo contrario, los esforzados organizadores correrían el serio riesgo de que los aficionados en general cayeran en la misma cuenta en la que caímos algunos hace tiempo, y es en la certeza casi absoluta de que estos premios no dependen exactamente de la valía deportiva, la ejemplaridad, la lucha o el esfuerzo personal sino del marketing y el número de llamadas telefónicas recibidas; ya están suficientemente desprestigiados los Príncipe de Asturias para que ahora nos vengan estos políticamente correctísimos niños de San Ildefonso a regalarle el premio gordo a otro.

El Mundial era un sueño nacional inalcanzable que llegó a buen puerto en Sudáfrica. Nuestra selección de fútbol, brillante ganadora de la Eurocopa celebrada dos años antes, tenía ante sí un reto tan monumental como el nombre del estadio de River Plate donde se jugará mañana ese partido amistoso al que antes me refería; España no sólo era la vigente campeona de Europa sino que practicaba indiscutiblemente el mejor fútbol y eso la había puesto en el punto de mira de todas las selecciones. A lo largo de un campeonato en el que se debutó perdiendo ante un equipo infinitamente inferior, el equipo nacional fue creciendo a pesar de la desconfianza, se convirtió en una piña y con sus éxitos sacó literalmente a la calle a un país que tenía ganas de reír. Seguro que Edurne, protagonista de una gesta realmente increíble, no se molestará porque el año del Mundial sea también el del Príncipe de Asturias de los Deportes. Esperaremos la lotería.

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