El penúltimo raulista vivo

El 93

Al 93 le preguntaron el otro día si sacaría la bandera de España en Cheste en caso de proclamarse campeón mundial y él respondió que su bandera era... la del número 93. Todo el mundo me dice que el 93 es muy simpático, muy agradable, un buen tío, muy campechano; es más, a mí también me lo pareció hasta que el otro día me quedé absolutamente perplejo con su respuesta porque, además, conviene decir antes de continuar que, hasta la fecha, el 93 siempre había sacado la bandera de España tras un éxito deportivo. Después de estas declaraciones, el 93 concedió una entrevista al diario ABC en la que insistía en que él se sentía "catalán y español", pero la última referencia oral que tenemos del 93 es que, como mucho, se está pensando si hacer o no publicidad de su país, que es España, sacando su bandera, que es la rojigualda, en caso de victoria en el circuito de Valencia.

Mi decepción es total con el 93, de quien creía que me podía fiar. Pero está visto que no, de él tampoco. Así que, como ciudadano del mundo que soy, he decidido poner todas mis espectativas, que tampoco son demasiadas porque la cabriola debería ser espectacular para que el 93 no se proclamara campeón mundial, en el 4, que es de Forlimpopoli, en Emilia-Romaña, a 8 kilómetros de Bolonia, y que también es un tío simpatiquísimo, un buen chaval que sí tiene claras las cosas y que sacará la bandera de Italia si acaba ganando al final. Me dicen que el 93 está harto de este debate, pero no me puedo creer que lo esté más que todas esas personas de a pie que han tenido el coraje de colocar la bandera de España en sus balcones aún a riesgo de su propia seguridad. Me dicen que el 93 tiene miedo y que está muy presionado, pero no me puedo creer que tenga más miedo o más presión que esos cientos de miles de ciudadanos que han salido a las calles de Barcelona para pedir libertad y respeto a la Constitución y al Estado de Derecho.

El otro día, y a propósito de las empresas offshore, escuché a un desahogado decir que con la ética no se comía. Pues bien, hoy, en este momento, ahora mismo, con la que está cayendo, España no come con la simpatía sino con la implicación. Mi desprecio es infinito para aquellos que se coloquen de perfil y mi agradecimiento eterno para aquellos que no se lo piensen dos veces y se pongan del lado de la ley.

Me refiero, por ejemplo, a Burgui, futbolista del Alavés procedente de la cantera del Real Madrid, a quien se le ocurrió escribir un inocente tuit el pasado 12 de octubre en el que decía algo tan peligroso como "Viva España" y añadía algo tan revolucionario como su orgullo de ser español; lo más bonito que le dijeron es que tuviera cuidadito por las calles de Vitoria. El miedo es libre pero el cariño también lo es. He gastado todo mi cariño en los Burgui de nuestro deporte, que también los hay y que no tienen por qué ser ni mucho menos los más exitosos, y lo poquito que me queda decido dárselo al 4, a mi Dovi, mi piloto preferido, la auténtica debilidad de quienes somos, en el fondo, ciudadanos del vasto mundo y somos tan puñeteramente universales que no creemos en las fronteras.

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