El penúltimo raulista vivo

Dos más dos es igual a cinco

Doy gracias a Dios porque Alfredo Pérez Rubalcaba no pudiera al final incrustar a su viejo amigo Jaime Lissavetzky en el Centro Nacional de Inteligencia. De haber sido así, nadie podría asegurarnos a ciencia cierta qué sería hoy de nuestra querida España. Ayer la Cadena Cope dio caza, por fin, al gran elefante blanco. Llevaba mi compañera Gemma Santos varios días de safari, tras los riscos, oteando el horizonte, cincuenta por ciento Grace Kelly y otro cincuenta Ava Gardner, interpretando las huellas frescas del suelo, prismáticos en ristre, cuando, de repente, allá a lo lejos, en las colinas del Círculo de Bellas Artes, leyendo "El Quijote" en voz alta, apareció él, surgió la figura de nuestro hombre. Lissavetzky llevaba una semana rehuyendo el combate, pero la tenacidad de la cazadora dio al final resultado y el secretario de lo que nos queda de Estado para lo que nos queda de Deporte no tuvo más remedio que dar su opinión acerca de lo sucedido en aquella final disputada entre benjamines del Barça y del Valencia en El Algarve, Portugal.

Decía Antonio Machado que el hecho de que dos y dos fueran cuatro era una opinión que muchos compartíamos, pero que si alguien pensaba otra cosa, que lo dijera, porque en España no nos asombrábamos de nada. La opinión de Lissavetzky a propósito de lo acontecido en El Algarve se puede resumir en tres puntos: sucedió hace mucho tiempo, el campeonato no era oficial y ocurrió fuera de España. ¿Sucedió hace mucho tiempo? ¿Cuánto tiempo hace que sucedió? La final del Mundialito benjamín a la que nos referimos se jugó el 12 de abril, hace exactamente de eso trece días. Si para Lissavetzky trece días es mucho tiempo, no quiero ni imaginar lo que pensará de la cultura maya o de la Edad de Hierro.

Pero ahí no quedó la cosa: el Mundialito no era oficial. ¿Y qué si no lo era? Parece que estén todos cortados por el mismo patrón. ¿Por qué no hay una bandera de España presidiendo la sala de prensa de la Ciudad del Fútbol? Muy fácil, porque se la habían prestado a los del despacho de al lado. ¿Y en diciembre? ¿Por qué no había bandera en diciembre? Muy sencillo, porque no había un mástil donde colgarla. ¿Qué le parece que unos niños de ocho años que estaban representando al Barcelona en la final del Mundialito de la categoría recibieran la orden tajante de no salir al campo hasta que no finalizase el himno nacional español? Muy simple, se jugaba fuera. O sea, y parafraseando al poeta sevillano, para estos caballeros dos más dos es igual a cinco.

Y la traca final. Primero, había sido todo hacía mucho tiempo, casi, casi cuando los dinosaurios dominaban la Tierra. Segundo, no era oficial. Y tercero, ¡se jugaba fuera de España! Pues yo he visto a alguien muy parecido al presidente del Gobierno visitando, por ejemplo, Marruecos y recuerdo perfectamente que sonaba el himno español. ¿Qué pretende Lissavetzky, que le toquen a Zapatero el himno de Costa Rica? ¿Que pase revista mientras oye eso de "¡Salve, oh patria!, tu pródigo suelo, dulce abrigo y sustento nos da; bajo el límpido azul de tu cielo, ¡vivan siempre el trabajo y la paz!"? Para eso que le toquen el Imagine de John Lennon. ¿No somos ciudadanos del mundo? ¿No da igual todo? Rezo todas las noches para que le mantengan a usted ahí, don Jaime, durante mucho tiempo. No quiero ni pensar el estropicio que podría armarnos en el CNI.

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