El penúltimo raulista vivo

Disfunción futbolística y triglicéridos altos

Está claro que el seleccionador no sabe bien lo que se dice. Las cámaras de televisión pillaron a Luis espetándoles a sus jugadores que ante Islandia debían poner una "tortilla de viagra"; o sea que les llamó impotentes, exinanidos, inválidos y fríos así, por lo fino, y se quedó tan pancho. Menos mal que, según dicen aquellos que siguen habitualmente al equipo nacional, los futbolistas no entienden nada de lo que les dice Luis, ni sus peinetas, ni sus sexadores de pollos, ni mucho menos aún sus recomendaciones gastronómicas a base de huevos, patatas, aceite, sal y sildenafil. Todo lo que rodea a nuestro equipo nacional de fútbol ha acabado por convertirse en una torre de Babel en la que los jugadores no entienden al seleccionador, éste no nos entiende a los periodistas y los periodistas no entendemos al presidente de la federación, aunque en el caso de Ángel Villar la incomprensión venga de lejos, en concreto desde el 29 de julio de 1988, día en el que sustituyó en el cargo a José Luis Roca.

Es curioso que el diagnóstico de Luis ("disfunción futbolística y triglicéridos altos") le exima a él de cualquier responsabilidad. Los jugadores necesitan una tortilla de viagra y ya está, todo solucionado. Los jugadores carecen del necesario espíritu competitivo con el que dar el "do de pecho" en una Eurocopa o un Mundial y ya está, a otra cosa mariposa, otros cuatro años que me tiro metidito en el despacho. Al principio dije que los periodistas encargados de seguir a la selección coinciden en que los jugadores no entienden a Luis, pero hay algo que sí van a entender muy rápidamente: tras el lamentable espectáculo del sábado, el seleccionador señaló a unos cuantos, con nombres y apellidos, como responsables de la flojedad. Es posible, sólo posible, que los futbolistas sigan, también de cara al público, ese tortuoso camino de reproches iniciado por el entrenador.

Los jugadores no entienden lo que quiere Luis, pero yo, que me he salido un momento de Babel a tomar el fresco, sí lo entiendo: quiere salvar su trasero. Como ese mal médico que, después de revisar a una embarazada decide recetarla aerored para los gases, Luis receta a los futbolistas una tortilla de viagra. Mal vamos si un futbolista español, millonario, guapo y joven tiene que tomar citrato de sildenafilo para motivarse en un estadio Santiago Bernabéu lleno hasta la bandera. Si así fuera, ¿por qué pagarla con Raúl, el único futbolista que vive excitado las veinticuatro horas del día? El problema es distinto, el problema es futbolístico. La tortilla de dos huevos, acompañada por un bono para el balneario de Montanejos, se la daría yo a Luis. Y pondría a otro en su sitio antes de que la situación fuera irreparable. Si es que no lo es ya a estas alturas.
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