El penúltimo raulista vivo

Dígale usted ahora a un madridista...

Lo bueno, y puede que también lo malo, del fútbol es que provoca una amnesia de efectos inmediatos y con carácter retroactivo. Hay quien, como le sucedía a Joan Gaspart cuando era directivo, prefiere borrar de la memoria colectiva e incluso de la suya propia cualquier vestigio del pasado, o mejor aún recrearlo a su propia imagen y semejanza, porque ese pasado le resulta incómodo, triste o simplemente demasiado vulgar. Para Gaspart, por ejemplo, el Madrid sólo ha ganado tres Copas de Europa, una más que su Barça del alma. Y ahí está, tan feliz. La mayoría, sin embargo, vive del presente más rabioso y todos, a excepción del triunfador, hablan del futuro y, para conseguir que sus seguidores compartan la nueva visión del paraíso, van por ahí vendiéndoles trenes en forma de crack brasileño o de astro francés.

Vaya usted ahora a decirle a un madridista que su equipo ha ganado la Liga por deméritos del Barça. O del Sevilla. O del Sunsun Korda. Dígale usted a uno de los miles de merengues que justo en el preciso instante en que escribo el artículo están yendo en procesión hacia La Cibeles –"la estatua esa", según Maresca– para festejar la Liga número treinta de la historia del Real Madrid, que su equipo dio un espectáculo horrendo durante siete meses y que muchos de ellos sacaron incluso los pañuelos blancos contra el palco. Vaya a recordarles, mientras la grúa eleva a Raúl hasta la cabeza de la diosa de la fecundidad, las salidas de pata de banco de Ramón Calderón, las promesas incumplidas, los fichajes de Cannavaro y Emerson o los feos hacia David Beckham. Imposible. Nadie escuchará nada. Primero porque, tras cuatro años de sequía, el ruido ser infernal. Y segundo porque el fútbol provoca esa amnesia de efectos inmediatos y con carácter retroactivo a la que me refería antes. Dudo que si, justo en mitad de la celebración, del Palacio de Linares volvieran a surgir aquellos hondos quejidos que suplicaban la presencia inmediata de Raimunda, hubiera un sólo madridista, uno sólo, que dejara de botar. Vaya usted y dígales algo. Vaya, vaya... Yo espero.

¿Cómo se gana una Liga? Sigo sosteniendo la teoría de que el Madrid no puede ganar una Liga jugando mal al fútbol, replegado y a la defensiva, acobardado y triste, ramplón en definitiva. Pero, por otro lado, eso es lo que acaba de hacer, ganar la Liga, que dura diez meses, después de haber jugado soporíferamente al fútbol durante ocho. A mi teoría la sostiene una idea –habrá quizá quien prefiera llamarla despectivamente ideal, no me importa– de lo que debe ser ese club. Porque el Real Madrid es eso precisamente, un ideal, el ideal de los hermanos Padrós, Zárraga, Juan Gómez, Quincoces, Zamora, Pahño, Puskas, Gento, Berraondo, Muñoz, Santillana, Molowny, Santisteban, Del Bosque, Amancio, Butragueño y, sobre todos ellos, el ideal de Santiago Bernabéu y Alfredo di Stéfano.

Me parece que, tras la justa celebración, lo mejor para el club sería que Ramón Calderón convocase inmediatamente las elecciones a la presidencia. Llevo diciendo durante mucho tiempo que eso es lo que iba a hacer en caso de que ganara la Liga, pero también dije que, jugando así, el Real Madrid sólo podría ser segundo y resulta que ha terminado primero. Todo dependerá de la lectura que la directiva extraiga de este triunfo in extremis y verdaderamente sorprendente. Conociendo el paño, supongo que nos esperará una digestión pesada. Lo último que he leído acerca de Calderón era una comparación con John Kennedy. A saber dónde estaríamos hoy si don Ramón hubiera ocupado la casa blanca durante la crisis de los misiles. Probablemente la Tierra sería un erial. Pero hoy toca felicitar a todos los madridistas del mundo, más de doscientos veintiocho millones según la prestigiosa Universidad de Harvard. Según esos datos, el mundo se acuesta un poquito más feliz. Enhorabuena.

A continuación