El penúltimo raulista vivo

Desmadre a la francesa

Pueden llamarme chovinista si ustedes quieren pero, para mí, al Tour de Francia le dieron el pistoletazo de salida ayer por la tarde, así de claro. Patrice Clerc, que es el presidente de ASO, la empresa organizadora de la carrera, podrá decir misa cantada si le place, pero está claro que el Tour no empezó el 7 de julio en Londres como van contando por ahí los maledicientes sino diez días después, el 17 en Briançon, la etapa reina de los Alpes. Porque, para mí, las competiciones deportivas no empiezan hasta que no calientan los españoles. Con Induráin era distinto. El navarro nació más caliente que el cenicero de un bingo y, como lo ganaba todo desde el primer día, el Tour empezaba a su hora y terminaba tal y como estaba previsto, en les Champs-Élysées, con Miguelón vestido otra vez de amarillo, acurrucando de nuevo al león de peluche y con el ministro o la ministra del ramo haciendo pie en el podio para salir a su lado en la foto.

Pongamos por caso el Mundial de motociclismo. Si usted, amable lector, se tomara ahora mismo la molestia de verificar el calendario de eso que, para resumir y de forma coloquial, solemos conocer como "las motos" ("¿han empezado las motos?"... "¿cómo han quedado las motos?"... "¿cómo van las motos?"), se daría cuenta de que el campeonato de GP, los 500 centímetros cúbicos de toda la vida, arrancó, nunca mejor dicho, el 10 de marzo. Pues no señor, está mal el calendario. Para mí, el Mundial de MotoGP empezó el 15 de julio en Alemania, cuando el niño Pedrosa ganó la carrera de Sachsenring. Dani es uno de esos rarísimos héroes modernos que suelen desafiar todas las leyes de la física que surgen a su paso. Uno de los grandes misterios de la humanidad reside en saber cómo un chiquirritín de ciento cincuenta y ocho centímetros de altura y 51 kilos de peso puede galopar un caballo de acero que pesa al menos tres veces más que él.

Llámenme chovinista si ustedes quieren que yo, humildemente, lo aceptaré de buen grado. Pero para mí, el Tour de Francia empezó ayer, cuando el sol tostaba en el col más importante. Empezó con Valverde. Con Contador. Con Mayo. Con Sastre. Con Astarloza. El Tour de verdad empezó en el Télégraphe y luego subió hasta el mítico Galibier. Comenzó en los Alpes y concluirá, por cierto, el día en que los organizadores decidan de una vez por todas que ya va siendo hora de darle a Oscar Pereiro lo que es suyo, lo que ganó en buena lid, imponiéndose en la carretera a un tramposo con nombre de grupo inglés de música rock y apellido de director de Desmadre a la americana. Porque para auténtico desmadre, pero a la francesa, el hecho de que, más de trescientos días después, Oscar siga sin tener colgado del salón de su casa en Mos, provincia de Pontevedra, el maillot amarillo que hace poco tuvieron que arrancarle del garaje a Bjarne Riis, el hombre que ganó a Induráin, tras confesar que se dopó durante más de cinco años.

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