El penúltimo raulista vivo

Del síndrome futbolístico de Stendhal

Fue precisamente el escritor francés Stendhal quien, tras sufrir vértigo, confusión, taquicardias y alucinaciones en el transcurso de una visita a la Basílica de Santa Cruz en Florencia, dio nombre al síndrome que, dos siglos después, todavía continúa conociéndose así: síndrome de Stendhal. Simplemente sucedió que el autor de Rojo y Negro, expuesto a una sobredosis de belleza, no pudo aguantar y acabó reventado. En 1979, la psiquiatra Graziella Magherini observó y describió más de cien casos similares entre turistas y visitantes de Florencia, especialmente cuando paseaban por la famosa Galería de los Uffizi. Había veces que, como en el caso de Stendhal, los turistas, expuestos a un repentino goce artístico, alucinaban y tenían que ser rápidamente evacuados. A puntito estuvieron los madridistas que se dieron cita anoche en el estadio Santiago Bernabéu de sufrir el síndrome futbolístico de Stendhal.

El Real Madrid, campeón de Liga con tres jornadas aún por disputarse, recibía al Barcelona, eliminado de la Champions y con el único reto por delante de acabar segundo para no tener que jugar la fase previa de la Liga Europea de Campeones. Los merengues, que habían conseguido matemáticamente el título tres días antes, fueron, además, beneficiarios del famoso pasillo. Esta tradición, un gesto inocente y que demuestra el fair play entre los contendientes, se convierte en perverso y humillante cuando de Madrid y Barça se trata, de ahí que varios jugadores se borrasen adrede del partido. El Madrid sólo podía hundir un poquito más al Barcelona, y a ello se aplicó con inusitado interés el equipo de Bernd Schuster desde el primer minuto de juego. El pasillo se convirtió en paseíllo, y a punto estuvo a punto de sonar aquello de "¡Marcial eres el más grande, se ve que eres madrileño!"...

Así que, con Ronaldinho hundido, Eto'o tocado, Deco huído, Rijkaard desesperado, el de las chaquetillas espantosas desaparecido en combate, Gaspart escondido y Laporta lo suficientemente atascado como para entregarle su próximo proyecto deportivo a Pep Guardiola, ese chico tan majete, tan culé, tan serio y tan limpio que lleva entrenando unos meses en la Tercera División, Raúl marcó el primero, Robben hizo el segundo, Higuaín el tercero y Van Nistelrooy el cuarto. Fue entonces, justo en aquel instante mágico, cuando el personal empezó a pedir a gritos el quinto de la noche, pero la cosa paró ahí, quien sabe si debido a las extraordinarias relaciones que mantienen Calderón y Laporta desde que el primero, según La Razón, le regalara al presidente de la República Independiente del Barça un peluco de diez mil euros de vellón. De existir el síndrome futbolístico de Stendhal, éste se produjo sin dudarlo ayer. No habría tenido divanes suficientes la doctora Magherini para recostar a tanto madridista extasiado, confuso, alucinado y con el corazón acelerado. Fue el día perfecto para los blancos. Uno de los peores de la historia culé. El acabose. Demasié, que diría un castizo. 

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