El penúltimo raulista vivo

Del Bosque, el marqués petrificado

Vicente del Bosque fue uno de los zombies que asistieron impávidos al linchamiento moral del rey Felipe VI y a la humillación pública de otro de los símbolos de la unidad nacional, el himno español, durante la final de Copa entre Barcelona y Athletic Club de Bilbao. Escuchó en silencio, respetuosamente, la atronadora pitada, miró hacia otro lado cuando a Artur Mas sólo le faltó darle una colleja al primero de los españoles, silbó El puente sobre el río Kwai como si aquello no fuera con él y luego, tras el vomitivo akelarre, se sentó tan ricamente en el palco del deshonor a ver un partidito de fútbol. El asunto ya habría sido suficientemente grave de haber sido Del Bosque, pongamos por ejemplo por caso, el fontanero Vicente, pero pasó a adquirir la siniestra silueta de la vergüenza institucional cuando quienes se encontraban allí, parados y con la mirada extraviada, decían representarnos a quienes, atados de pies y manos, asistíamos muy a nuestro pesar a aquel auténtico escándalo público. Vicente del Bosque no era, por supuesto, el fontanero Vicente, no, sino el seleccionador del país cuyo himno estaba siendo pisoteado. Es más, el petrificado Del Bosque, el impávido Del Bosque, el bienqueda Del Bosque, el arrugado Del Bosque era, para más inri y a objeto de completar esta macabra broma infinita, marqués por designación del padre del Rey a quien él consintió que se abochornara el día de autos. No me digan que no tiene guasa la cosa.

A esta consentida humillación le siguió el lamentable espectáculo ofrecido por la Comisión Antidignidad. Pretendieron sin éxito que la burla fuera cayendo poco a poco en el olvido pero, al fin, sancionaron porque no tenían más remedio que sancionar. Y, a la espera de lo que diga o deje de decir la Fiscalía, la tomadura de pelo acabó con un castigo ejemplarizante, sí, pero del delito y no del delincuente: una bolsa de patatas, dos de pipas y tres de chicles por sonrojar a un Rey y someter a una nación. No contento con su actitud sumisa en el transcurso de la final, no satisfecho aún tras haber callado ante la ofensa, el seleccionador nacional de esa España cuya imagen se vio arrastrada por el cesped del Camp Nou acaba de declarar que el castigo le parece desmedido. Este marqués que inclinó la cerviz en presencia del Rey y que considera desmedida la sanción impuesta a los enemigos de España es por cierto el mismo que argumentó hace poco que quien pitaba a Piqué estaba pitando a toda la selección. Desmedido, querido Del Bosque, es que tú sigas ahí medio minuto más.

Aunque puede que este seleccionador no sea más que otro producto lelo de esta España paralizada que nos ha tocado vivir. Puede que su alabada simpleza y su aplaudida ausencia de carácter, compartida por cierto por todos y cada uno de aquellos que aguantaron estoicamente aquel día en aquel palco, desde el primero hasta el último, no sea en el fondo una estrategia fruto del miedo a salirse del rebaño, a desmarcarse, a llamar la atención, sino la firme creencia de que efectivamente insultar a un rey de España y arrastrar por el fango la imagen de una nación con más de quinientos años de historia carece de importancia, y que hay cosas más trascedentes en la vida, como por ejemplo un Mundial, una Eurocopa, un gol. Puede que yo esté confundido y que, siendo español y queriendo como quiero a España, tenga que empatizar, aplaudir e ilusionarme con los éxitos de Ona Carbonell, que hace poco declaró que, de exitir, ella competiría con la selección de Cataluña. Puede que el zombie esté en lo cierto y yo equivocado. Pero, entre tanto, bendito error el mío. Al menos servidor no está petrificado.

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