El penúltimo raulista vivo

Dejemos que Italia se acostumbre a las vuvuzelas

Nada nuevo bajo el sol. Un Mundial es una carrera de fondo, quien quiera ganar el campeonato deberá permanecer en Sudáfrica un mes y, aún así, tendemos a sacar conclusiones demasiado rápidas y aceleradas. Alemania no es favorita porque el otro día goleara a una Cenicienta sino porque cuenta con una experiencia ganadora (la perdedora está al alcance de cualquiera) contrastada y suele presentar siempre equipos competitivos. No sucede lo mismo sin embargo con Holanda, que al parecer ya ni siquiera es capaz de jugar bien, o Inglaterra. El fútbol holandés es prestigiosísimo porque alcanzó las finales del 74 y del 78, perdiendo ambas por cierto ante los anfitriones, pero en realidad exhibe un bagaje paupérrimo: una Eurocopa, con un equipazo de ensueño liderado por Van Basten, Gullit, Koeman, Rijkaard, Van Breukelen y compañía, y se acabó. Por otro lado, Inglaterra sigue viviendo de las rentas de la ilustre generación de los Charlton, Moore o Banks porque en realidad lleva veinte años viéndolas venir.

Independientemente del estado de forma en que lleguen, la calidad de sus jugadores o la táctica empleada, Brasil, Alemania, Argentina e Italia se han ganado con creces el derecho a ser siempre favoritas. Sobre todo Italia. Italia por encima de todas. Fabio Cannavaro decía el otro día que estaba confiado pero que no sabía por qué. Yo sí sé por qué. Y él también lo sabe por supuesto. Italianos y argentinos tienen más claro que nadie -incluso más que Brasil y Alemania- que un Mundial no se gana el primer día sino el último, y que para llegar vivos al último día de competición se debe leer poca prensa, hacer piña y no jugar mirando de reojo hacia la grada. Italia maneja como nadie el "tempo" del Mundial. Pongamos por caso el ejemplo más claro que hay, el del Mundial disputado en España; Italia empató con Polonia, Perú y Camerún en la primera fase, y si se clasificó para la segunda fue sólo porque la diferencia de goles (2 a favor y 2 en contra de Italia y 1 a favor y 1 en contra de Camerún) acabó dándoles el pase.

Italia, que podía haber caído eliminada perfectamente en la primera fase y que se clasificó por los pelos, fue de menos a más y ganó a Argentina y Brasil en la segunda, Polonia en semifinales y Alemania en la gran final. La alineación que Bearzot sacó al césped del estadio Santiago Bernabéu aquel 11 de julio de 1982 (pronto se cumplirán 28 años) es probablemente la mejor de toda la historia del fútbol transalpino: Zoff, Gentile, Scirea, Collovati, Bergomi, Cabrini, Oriali, Tardelli, Conti, Graziani y Rossi, el gran Paolo Rossi. Por supuesto que la Alemania de Kaltz, Stielike, Breitner, Rummenigge, Briegel, Littbarski y Fischer era esa noche la gran favorita, y naturalmente que Italia desarboló de principio a fin al equipo de Derwall en un partido inolvidable. Yo estuve allí con mi padre. Dejemos madurar el Mundial. Dejemos a los chicos de Lippi que se acostumbren a las vuvuzelas. Al fin y al cabo son italianos y, como dijo una vez Claudio Ranieri, detestan el fútbol. Y eso que han ganado cuatro Mundiales.

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