El penúltimo raulista vivo

De Twitter me echan los madridistas

Anoche me pegué por Twitter mi último garbeo en mucho tiempo. Pretendo distanciarme de las redes sociales, y especialmente de ésta, porque son demasiado absorbentes y no me aportan nada. No sé si lo lograré porque, además de profundamente inútil, Twitter es también muy adictivo, pero desde hoy mismo empiezo un período de desintoxicación que, por eso de la promoción, me llevará a colgar únicamente mi artículo diario de Libertad Digital. No sé si voy a ser capaz de definir el espectáculo que me encontré anoche después de la derrota del Real Madrid en Anoeta: aficionados de equipos que jamás en su vida ganarán una Champions mofándose de los seguidores del diez veces campeón europeo... ¡por un partido!... Y lo que es peor: seguidores madridistas utilizando contra su propio equipo (otra vez, nuevamente, de nuevo) exactamente los mismos argumentos que sus peores enemigos.

Ya sé que el valor de Twitter es el que es. Ya sé que está copado por chavales de quince años que se aburren soberanamente y que en vez de ponerse a leer un buen libro prefieren saltar al ruedo de las redes sociales a decir "caca, culo, pedo, pis" para luego salir corriendo del infantil escenario del crimen haciendo muecas y con la risita floja. También sé que generalizar es injusto pero es más ajustado a la realidad afirmar esto que lo contrario. Twitter tiene un valor demoscópico nulo... pero, aunque a veces parezca imposible, quienes allí hacen sus comentarios son seres humanos como nosotros. Sobre el odio del antimadridismo hacia el Real Madrid no tengo nada que decir porque es normal. Sin embargo sí tengo algo que decir sobre la inagotable tontez de muchos madridistas, esa inacabable cadena de lugares comunes mezclados con chorradas que repiten porque han escuchado a otros y que a uno, sinceramente, le resultan desalentadoras y agotadoras.

Ayer tenía que dimitir Florentino Pérez, irse James, volver Di María, regresar Xabi, quedarse en el banquillo Benzema, rehacer de arriba abajo la defensa, contratar a Falcao, sustituir a Kroos por Reus, convocar elecciones y vender menos camisetas, todo al mismo tiempo y... ¡por una derrota!... La Copa de Europa conquistada en mayo (¡en mayo!) era el pasado, y no se podía estar toda la vida (o sea, los tres meses del verano) hablando del pasado. Y todo ese compendio de tonteces que suelen emplear los antimadridistas al objeto de sofocar la frustración que tienen al comprobar un día, y otro, y otro más, y luego un año, y otro año, y un quinquenio, y un decenio, y hasta un siglo, cómo hay en el panorama futbolístico mundial un club, el Real Madrid, que compagina éxito deportivo y económico, eran coronadas con el sanctasantórum de las memeces: el nivel de exigencia.

Esos comentarios realizados por presuntos (otra de las desventajas de las redes sociales es que no hay manera de comprobar que lo que se dice es cierto) madridistas no estaban provocados, creo yo, por un elevadísimo nivel de exigencia y por un altísmo sentido del deber y la obligación para con su equipo, al que al parecer hay que mantener a raya para que no se desvíe del camino correcto, que no es otro que el de ganarlo todo siempre sin tener en cuenta que hay un rival enfrente, sino por una profundísima insatisfacción y, en el fondo, un antimadridismo latente, un antimadridismo más dañino incluso que el de los propios antimadridistas puesto que anida dentro de la propia institución. De Twitter no me echan los antimadridistas, a los que disfruto sacando de sus casillas, sino esos madridistas que a las primeras de cambio apelan a la revolución como única arma lógica tras perder un partido. Que con su pan se lo coman.

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