El penúltimo raulista vivo

De capitán a grumete

Iker iba bien. Y yo, después de tanto tiempo sin poder hacerlo, le jaleaba desde casa. No compartí su silencio, para el que pidió respeto, porque durante mucho tiempo pudo interpretarse, y de hecho así fue, como una paletada de tierra del primer capitán merengue en la agujero abierto al objeto de enterrar el cadáver deportivo de José Mourinho. También eché en falta palabras de ánimo a Diego López. Y creo que, por el bien del club, Casillas tendría que haber zanjado cualquier tipo de polémica con Arbeloa: "pelillos a la mar mientras estemos aquí, luego cada uno por su lado". Iker, a quien quise leer entre líneas que su decisión de callar probablemente hubiera sido errónea y que incluso reconoció que en algún momento sí pudo relajarse deportivamente hablando, dándole así la razón a Mourinho en el fondo de la cuestión, decidió romper su silencio en el transcurso del acto promocional de una marca coreana de coches y no en el estadio Santiago Bernabéu, aún eso estuve dispuesto a pasarle por alto.

Iker iba bien, como decía, rectito y hasta la meta, con todo el personal flanqueándole a ambos lados de la carretera y agitando al viento banderas de España y del Madrid como si se tratara de Miguel Induráin o de Perico Delgado ascendiendo el Tourmalet, rodeado de tiernos infantes que le observaban ensimismados, sin desviarse ni un ápice del guión, correcto, afable, dispuesto a tomarse un refresco con Mourinho, pero no se sabe bien por qué ni por qué no en un momento determinado se le cruzaron los cables y pegó un volantazo. A mí, que no pude ver íntegramente la rueda de prensa, el pinchazo del maillot amarillo me pilló en pleno debate de Real Madrid Televisión. Estaba feliz porque Casillas había estado al fin en capitán, pero al teléfono móvil empezaron a llegarme noticias ciertamente alarmantes. "Ha dicho esto". ¿Esto? ¿Seguro?...

Y sí, lo dijo. Iker dijo en el minuto tres de partido que había decidido quedarse en el Real Madrid y que lucharía por hacerse con la titularidad, que él quería jugar más pero que comprendía a Ancelotti, que animaba a Diego que lo estaba haciendo muy bien, pero en el minuto nueve afirmó sin despeinarse que si dentro de tres meses su situación no había cambiado a lo mejor se planteaba irse. Queriendo salvar a Iker de las lenguas de doble filo, sorprendido por el giro espectacular que había dado la rueda de prensa, le pregunté a un compañero de El Mundo si verdaderamente había dicho aquello. Lo había dicho, claro. Casillas había pasado nuevamente de capitán a grumete. Otro lío. Y de nuevo provocado por el fuego amigo.

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