El penúltimo raulista vivo

¡Cuéntenles hasta diez!

Walter Dipley agarró su escopeta de caza y mató de dos tiros a bocajarro al asesino de Michigan. Corría el 15 de octubre del año de Nuestro Señor de 1910, ya ha llovido desde entonces. El polaco Stanley Ketchel preparaba su próxima pelea en una granja y aislado del mundanal ruido; la leyenda dice que la soledad del campeón del mundo llevó a una cosa, y esta cosa llevó a otra distinta y luego a otra diferente, y al final lo cierto y verdad es que no se sabe muy bien ni cómo ni por qué pero aquello acabó con Ketchel yaciendo con la cocinera de una forma regular, frenética y probablemente placentera para ambas partes, aunque sobre eso no existan crónicas. La cocinera cuidadora del campeón era a la sazón esposa del susodicho Dipley, quien abrumado sin duda por los celos y probablemente también cegado por el rencor de una cornamenta recitada de "pe" a "pa" y sin pudor por las gentes del pueblo no dudó lo más mínimo en pegarle dos tiros a quemarropa.

Aquel tipo, al polaco Ketchel me refiero por supuesto y no al acalorado marido de la infiel cocinera, se había proclamado campeón del mundo de los pesos medios tras noquear a Mike Twin Sullivan y un año después de aquello, aburrido de tumbar a todos y de perder el título para al poco tiempo volver a recuperarlo con desgana, decidió retarse a sí mismo subiendo 50 libras y citando en el ring ni más ni menos que al gran Jack Johnson para jugarse con él el título de los pesados. Cuentan las crónicas que no sólo no le perdió la cara sino que llegó incluso a tumbarle en el undécimo asalto. Enrabietado, Johnson respondió con una demoledora derecha que acabó de una vez por todas con el sueño de aquel vagabundo huérfano desde los 14 años que se vio obligado a pelear por un litro de leche y un trozo de carne.

Y dicen que en el sepelio del asesino de Michigan las gentes gritaban alborozadas "¡Cuéntenle hasta diez, que seguro que se levanta!", tal era la fama que Ketchel tenía de sobreponerse a todo. Pero con la muerte no pudo ni siquiera subiendo de peso. A punto estuvieron también de cantarle eso mismo mucho tiempo después al féretro de Carlos Monzón, uno de los mejores boxeadores libra por libra. A Ketchel le mataron los dos balazos de un cornudo, al negro ni siquiera eso. Al hacerle la autopsia, después de que su cuerpo fuera encontrado en la cuneta de la Ruta Provincial 1, a unos 40 kilómetros de la ciudad de Santa Fe a la que volaba en su Renault 19 de color gris para no sobrepasar las 48 horas de libertad que le habían concedido por buen comportamiento en el Penal de Las Flores en el que cumplía una condena de 11 años por el asesinato de su segunda mujer, la actriz Alicia Muñiz, los médicos comprobaron estupefactos que el campeón albergaba en su espalda una bala, la que Mercedes Beatriz García, conocida como Pelusa, su primera esposa, le había disparado muchos años antes para impedir que la siguiera maltratando.

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