El penúltimo raulista vivo

Cortadores de césped

La espeluznante entrada de Martin Taylor sobre Eduardo da Silva reabre un debate tan viejo como el fútbol mismo: ¿debería haber una ley según la cual se impidiera que el defensa del Birmingham City volviera a jugar mientras no pueda hacerlo su víctima? Baste decir que la entrada de Taylor fue tan salvaje que la televisión británica censuró los primeros planos y no dejó que se viera ninguna repetición de la misma. Scott Murray, que comentaba el partido para The Guardian, quedó absolutamente conmocionado mientras que a Cesc Fábregas, compañero del brasileño nacionalizado croata, se le saltaron las lágrimas. La primera reacción de Arsene Wenger fue decir que Taylor no debería jugar nunca más al fútbol; el caso es que Da Silva se perderá, por supuesto, la próxima Eurocopa, y hay quien duda que vuelva a ser el mismo jugador después de los ocho meses (como mínimo) que le esperan de recuperación.

Pero el fútbol inglés, tan admirable por tantas y tantas cosas, es en ocasiones demasiado consentidor de la violencia. The Times y The Sun publicaron hace bien poco sus listas de los jugadores más duros de la historia, y en ellas abundaban, cómo no, futbolistas que gozan de gran respeto y consideración en la Premier League. No sólo no se afean sus conductas -la de Taylor, ahora mismo, en este momento, cuando acaba de partir en dos a Da Silva, por supuesto que sí- sino que, con el paso del tiempo, gozan de cierto prestigio; la fama de chico malo a la que me refiero es la que ha convertido a Vinnie Jones, un auténtico leñador, en actor ocasional en películas como Snatch, Cerdos y Diamantes: Jones, que de actor tiene lo mismo que yo de Obispo de Mondoñedo, sólo tiene un registro, el de gánster, matarife, guardaespaldas o macarra. Los ingleses enfocan la violencia en el fútbol de una forma que no sería comprendida, por ejemplo, en nuestro país. ¿Alguien logra imaginarse a un jugador español diciendo esto?: "Lo golpeé en el tobillo todo lo que pude porque no encontraba la forma de pararlo. Me expulsaron tan pronto que tuve tiempo de comerme dos perritos calientes. Y, para empeorar las cosas, fue muy educado conmigo al final del partido". La frase es de Darren Dazely, defensa del Watford, y su víctima de aquel día fue David Ginola.

Hay ejemplos para dar y tomar. A Stig Tofting le apodaron el Cortador de Césped por su peculiar forma de interpretar el juego. Paul Ince presumía en público de sus gestas: "Mi patada favorita es una que le di a Alan Shearer nada más reaparecer de una larga lesión. Fue una patada magnífica por dos motivos. Uno es que adoro el ruido de los huesos al chocar, cuando oyes el "¡ahhh!". El otro es que Shearer regresaba de sufrir una lesión importante y era su primera prueba. Si podía aguantar mi entrada es que estaba recuperado". Eso sí, luego The Times coloca en lo más alto del ranking de jugadores violentos a un español. Grame Le Saux definía así a Colin Hendry: "Es uno de esos futbolistas que no son felices hasta que les dan tres patadas en las pelotas durante el entrenamiento". Dennis Wise, expulsado del Chelsea por partirle el pómulo a un compañero, fichó en 2002 por el Milwall. En su primer partido con su nuevo club, y a los tres minutos de juego, noqueó a Gary McAllister. Tarjeta amarilla. Sus compañeros habían apostado a que no se iría sin la correspondiente amonestación, y Kenny Davis ofreció esta explicación: "Pagaban 4-1 a que Dennis se ganaría una tarjeta. Era un precio demasiado atractivo".

"¡Toma esto cabrón!" fue lo que le dijo Roy Keane a Inge Haland al tiempo que le realizaba otra entrada espeluznante. ¿Por qué?... Tres años antes, el noruego había cometido la osadía de pegarle duro en el transcurso de un Manchester-Leeds. ¡Habían pasado tres años! Graham Roberts, jugador del Tottenham, definía de esta forma el fútbol: "Es un juego de destreza, así que nosotros les damos unas pocas patadas a ellos, y ellos nos dan unas pocas patadas a nosotros". Steve Mc Mahon, del Liverpool, lo tenía igualmente claro: "Le daría una patada a mi propio hermano si fuera necesario. Eso es lo que significa ser profesional". Yo no haré como los ingleses que, en cuanto cuatro gatos se pintan la cara por Carnaval, dicen que España es racista. Pero sugiero la posibilidad de que Taylor, que no debe ser Aristóteles precisamente, haya malinterpretado tantas frases consentidas, tanta gracieta jaleada. Es posible que Taylor quiera ser como Jones y dedicarse al cine cuando cuelgue las botas. Nadie podrá criticarle que vaya pensando en su futuro y en el de los suyos. Ya le estoy viendo en la alfombra roja.
A continuación