El penúltimo raulista vivo

Con Florentino en vez de Bartomeu, Arthur volvía nadando de Brasil

Hace aproximadamente un mes, el 29 de junio para ser exacto, quien estaba llamado a ser el nuevo Xavi Hernández, Arthur Melo, escribía el siguiente tuit: "Ahora enfocados en el presente, tenemos objetivos importantes en Barcelona y voy a seguir hasta el final dándolo todo por mis compañeros y todos los aficionados". Seguir hasta el final dándolo todo, eso decía Arthur Melo, quien ahora acaba de declararse en rebeldía y no piensa volver de Brasil para disputar el tramo final de temporada que le queda a su equipo, que sigue siendo el Barcelona. El futbolista ya le ha comunicado al club que no piensa jugar más esta temporada y que no va a volver de su país, en el que se encuentra de vacaciones. De modo que ese final de "lo daré todo hasta el final por la afición y por mis compañeros" se ha convertido en un "lo daré todo hasta que a mí me salga de las mismísimas narices".

En el aguafuerte de Goya que lleva el número 43 en la serie de ochenta estampas del genial pintor de Fuendetodos, el sueño de la razón produce monstruos, pero en el caso de este Barcelona de Bartomeu, el sueño de la sinrazón y del desgobierno, de la anarquía total y absoluta, produce otros monstruos distintos, unos que bostezan en el banquillo mientras su equipo se está jugando la Liga o que se niegan a regresar después desde Brasil simple y llanamente porque no les da la gana. Con o sin motivo para ello lo cierto y verdad es que Arthur Melo se siente maltratado por el Barcelona, del que no esperaba que le diera una patada, eso sí millonaria, en el trasero. Alrededor de este chico se generaron muchas expectativas, demasiadas diría yo, y hasta el mismísimo Messi se deshizo en elogios (ahora se ve que un pelín desmedidos) hacia él. Arthur no hizo nada o hizo poco para ganarse la confianza de sus entrenadores y, más por un motivo de ingeniería financiera que por una necesidad deportiva, el Barcelona decidió canjearlo por Pjanic, mucho mayor que él, más curtido, más hecho pero también con menos recorrido. Imagino que Arthur se habrá sentido como un trozo de carne, aunque muchas veces son los propios futbolistas y quienes les representan quienes se tratan así. El Barcelona ha velado por sus propios intereses y el jugador se va para cobrar más pero descendiendo un escalón deportivo.

Pero el caso Arthur es, en realidad, el caso Bartomeu. El futbolista profesional es profundamente egoísta, se sabe dominador del espectáculo y, en muchas ocasiones con razón, siente que tiene la sartén por el mango. Si detecta firmeza de la otra parte, no mueve ni medio músculo, pero si detecta debilidad se sube a las barbas del entrenador o, como en este caso, del presidente. Todas y cada una de las señales que lanza al aire José María Bartoméu nos hablan de un presidente débil, uno que trata de satisfacer a todo el mundo para, al final, acabar incomodándolo. Bartoméu baila al son que toca Messi, a quien hace tiempo entregó las llaves del club, y es incapaz de reprender a Piqué por dirigir un documental de Griezmann tomándole el pelo a la afición o por llegar y salir del Camp Nou en bicicleta poniendo en serio peligro su integridad física. Y si jugadores que van a seguir bajo la disciplina culé se comportan así, ¿por qué no van a hacerlo aquellos a los que les queda un telediario? ¿Qué fuerza moral puede tener Bartomeu, a quien todo el mundo considera amortizado, para convencer a un futbolista de que regrese de su país para reincorporarse a los entrenamientos? Para lo que le queda en el convento...

Miralem Pjanic va a hacer justo el camino inverso a Arthur Melo y, aunque es más veterano y más serio que el brasileño, al bosnio no se le pasará siquiera por la imaginación dejar colgado su equipo cuando se va a jugar ni más ni menos que la Champions. El problema de Arthur es el problema de Bartomeu. Hoy es él, mañana será otro y pasado el siguiente. Porque, y siempre lo he dicho, hay dos formas de gestionar un club de fútbol o cualquier tipo de empresa: o diriges tú o te dirigen a ti, o conduces o eres conducido y si le das todo el poder a la plantilla... estás muerto. El futbolista, que no es tonto, detecta la debilidad y, si lo dejan, emplea su fuerza. Si fuera Florentino, Arthur volvía nadando de Brasil. Con Bartomeu es más probable que acabe trasladándose allí con toda la comitiva a que vuelva el jugador. Y Arthur lo sabe.

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