El penúltimo raulista vivo

Como en Tosca

No sé qué quieren. Si Mourinho critica a un árbitro, malo, y si, como sucedió ayer, alaba su actuación, aún peor. Ya he dicho que lo mejor para todos sería que absolutamente nadie se refiriera nunca y bajo ninguna circunstancia al asunto arbitral y que se considerase al colegiado como un elemento más del juego, que unas veces te perjudica y otras te favorece; lo que no es justo es que unos sí puedan hablar de los árbitros y otros no, que cuando unos critican la actuación del colegiado se saquen los tanques editoriales a la calle y cuando lo hacen otros se pase de puntillas por el tema. Aclarado queda pues que, tanto si apoya como si critica al árbitro, Mourinho será zarandeado mediáticamente hablando mientras que las declaraciones de otros entrenadores que hacen lo mismo (Quique: "Sería conveniente que no nos volviera a arbitrar Teixeira Vitienes") pasan sin pena ni gloria. Dientes.

Por supuesto que el señor Sandro Rosell, como cualquier otro ciudadano español que se sienta injuriado, puede acudir a la justicia ordinaria cuando lo considere oportuno. Para eso está. Yo, por ejemplo, soy de los que piensan que la fiscalía general del Estado estuvo realmente pacata cuando un director general del Barcelona nos llamó chorizos a todos los españoles impunemente, y que debería haber actuado de oficio en defensa de los ciudadanos del Reino de España. Rosell tiene los tribunales a su disposición como los tiene cualquier hijo de vecino, y allí y sólo allí deberá resolver sus cuitas. En cuanto al asunto arbitral del que tanto protesta, niego un millón de veces la mayor: el Barcelona sí se queja, por supuesto que se queja, naturalmente que se queja; él mismo lo hizo anoche, nada más acabar el partido contra el Getafe, cuando dijo lo siguiente: "Una cosa son las quejas injustificadas por el calendario y otra las quejas sin argumentos sobre los árbitros como ha podido verse en Sevilla y hoy ante el Getafe". A buen entendedor...

Mourinho, una vez más, estuvo sembrado: "A mí me quitan un día de descanso y yo coloco otro jugador en el centro del campo". Olé. Lejos de ser la mejor del mundo, la afición atlética dejó mucho que desear llamando reiteradamente "mono" a Marcelo y deseándole el óbito a Cristiano. Me habría gustado que le hubieran preguntado al entrenador colchonero por los insultos de su afición para saber si, al fin, había recuperado el oído. A Ronaldo no le gustó que pidieran a gritos su muerte inmediata y tuvo la reacción de un chiquillo mal criado, que le afeó al instante su entrenador, y no el comportamiento que se espera del jugador franquicia de la primera plantilla del Real Madrid. Cerezo, en fin, pidió la víspera que aquello acabara como una ópera, y así fue: como en Tosca, el Atlético de Madrid volvió a lanzarse al vacío desde la muralla del castillo. Ya tiene don Enrique su muerto deportivo.

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