El penúltimo raulista vivo

¡Coged piedras, que viene Nadal!

Cuentan que allá por los años 30 del siglo pasado, cuando en España empezaba a ponerse en marcha nuestra Vuelta ciclista, en los pueblos pequeños, poco acostumbrados seguramente al trasiego de la serpiente multicolor y a cualquier otro movimiento que no tuviera que ver con el del duro trabajo del campo, recibían a los corredores al grito de "¡Coged las piedras, que vienen los ciclistas!"... Al público de París, de los menos instruídos y educados que yo conozco, (nada que ver, desde luego, con el de Londres, que estornuda con sordina y apaga cualquier sofoco extradeportivo comiendo las tradicionales y riquísimas fresas con nata) sólo le queda eso, agarrar un buen montón de piedras cuando nuestro Rafael aparezca por la pista central de Roland Garros.

Nadal ha pasado por varias fases con los franceses. Primero empezó siendo algo exótico, un español que no parecía español sino indio y que debido a ello tenía medio pase; luego se convirtió en un dolorosísimo grano en el culo que había que extirpar cuanto antes, una broma pesada con la que había que acabar por lo civil o por lo criminal; después, y en vista de que el chaval no se daba por enterado, quisieron involucrarle falsamente con el dopaje y ahora se ha transformado directamente en el enemigo a batir, una pesadilla. Pero a las faltas de respeto Nadal responde con la educación propia de un chico de La Sorbona y al ajetreo de las interrupciones, las pancartas y los espontáneos desnudos contesta con el savoir faire de un profesional que no se piensa dejar intimidar.

Poco se puede decir de la final contra Ferrer, que es otro deportista ejemplar. Mediado el primer set Nadal olió la sangre deportiva de su amigo y no dejó de hurgar en la herida hasta que David simplemente acabó exhausto y chocando contra un muro de hormigón. Ahora mismo hay pocos tenistas en el mundo que puedan ganarle un partido a cinco sets a Rafa, menos aún que puedan hacerlo sobre tierra batida y probablemente sólo uno, y a ése ya le había dado la voleta, capaz de lograrlo levantando el primer set en contra. Con un set arriba, el resto del partido fue coser y cantar. El próximo Roland Garros que gane Nadal será el noveno aunque imagino que el de ayer tendrá para él un sabor especial después de todos los problemas de rodilla por los que ha pasado. Bien haría el desagradable público galo en recibirle el año que viene como se merece y no con ese rosario de trampas más dignas de Pierre Nodoyuna que del torneo sobre tierra más importante del tenis mundial.

A continuación