El penúltimo raulista vivo

Cayeron almenas más altas que Papaloukas

El maestro Héctor Quiroga (¡cuánto le echamos de menos!) se habría dado cuenta inmediatamente de que la semifinal contra Argentina no podría ganarse nunca "de 25 puntos" tal y como aventuró, de nuevo excitadísimo, el comentarista de La Sexta. Imagino que Juan Manuel López Iturriaga pretendía decir, en realidad, que España no podría vencer a Argentina por 25 puntos como estaba acostumbrada hasta ahora. Lo que sucede es que entre tanto "¡tío, joé!" (sic), a mi tocayo, el de las cuajadas con miel, le traicionó el subconsciente y se equivocó de preposición. Uno puede ser, por ejemplo, de Bilbao, pero un partido de baloncesto sólo se podrá ganar por 25 puntos. El caso es que España ganó a Argentina por un punto, sólo por uno. Suficiente. El domingo la selección de Pepu Hernández luchará por la medalla de oro contra Grecia, la auténtica sorpresa del Mundial de Japón.

Todos pensábamos que el partido sería muy difícil, pero nunca supusimos que lo sería tanto. Y yo creo que hubo una circunstancia que cruzó esa frontera de la dureza que teníamos perfectamente delineada en la cabeza: la ausencia de Juan Carlos Navarro y de José Manuel Calderón, los dos verdaderos motores de esta selección. Es cierto que ambos estuvieron físicamente en el Súper Arena de Saitama, pero no fueron nunca capaces de dinamizar un partido que los argentinos, más listos que el hambre, "italianizaron" hasta sus últimas consecuencias. La buena noticia es que España, con sus dos bases despistados y un Pau Gasol tampoco demasiado entonado, supo sobrevivir al partido planteado por el otro Hernández y acabó venciendo a la vigente campeona olímpica y subcampeona del mundo. Lo que fue incapaz de regalarnos la selección de fútbol nos lo está devolviendo ahora la de baloncesto.

En cuanto a la otra semifinal, ahora resulta que todos los especialistas sabían que la selección de Estados Unidos no iba a ganar la medalla de oro. Como decía el del chiste, "me joroban los profetas". Hemos conocido que la selección norteamericana no ganaría el Mundial sólo en el preciso instante en que los árbitros han pitado el final del partido porque, incluso jugando por debajo del nivel mínimo exigible a cualquier equipo de la NBA, los americanos han acogotado a los griegos hasta el último momento. Me alegro por Grecia. Y también me alegro por su seleccionador, que siempre me cayó muy bien, no sé por qué. Pero, no nos engañemos, sobre todo me alegro por España. Si Diamantidis se creyó a pies juntillas eso de que habían caído torres más altas que Lebron James, ¿por qué no habríamos de derribar nosotros ahora la almena de Papaloukas? Habrá que ganar ese histórico partido con un buen par de preposiciones.

A continuación