El penúltimo raulista vivo

Castañuelas y el busto de Lopera

El busto de Lopera colocado precisamente ahí, a dos metros escasos del lugar ocupado en el palco por el presidente del Sevilla, me recordó al chiste de Castañuelas. Dos viejos amigos se encuentran por la calle después de treinta años sin verse; empiezan a contarse sus vidas, pero uno no para de llamarle al otro por el apodo con el que le conocían en el colegio: Castañuelas por aquí, Castañuelas por allá, Castañuelas, Castañuelas, Castañuelas... El otro le dice que no le llame Castañuelas, primero por las buenas, pero luego evidentemente molesto: "Ya sabes cómo me fastidiaba que me llamaseis así, no lo podía soportar, aquel mote arruinó mi vida". Pero el otro, totalmente indiferente a las protestas manifestadas por su viejo amigo, sigue llamándole Castañuelas como si tal cosa.

En ese momento pasan por un puente que cruza un río y, enloquecido, fuera de sí, con el juicio trastornado, Castañuelas agarra por el cuello a su interlocutor y le arroja al agua, con tan mala suerte que éste no sabe nadar y empieza a ahogarse. Va hundiéndose lentamente, muy poco a poco, hasta que, por último, sólo se le ven las manos. Las agita con fuerza, desesperadamente; son las manos de un hombre que lucha por mantenerse con vida mientras su viejo colega de pupitre, sin poder hacer nada, observa lívido la escena desde el puente. En ese preciso instante, cuando su muerte es irremisible, aquel individuo, a punto de irse al otro barrio, empieza a tocar las castañuelas con las manos. Es lo último que hace en vida, tocar las castañuelas.

Con su busto presidiendo el Betis-Sevilla, lo que estaba haciendo Ávalos era llamarle Castañuelas a Benavente. Después de dos semanas calentando el ambiente, tras haber hecho intervenir a todo el mundo, después de un agrio cruce de insultos y el posterior intercambio de comunicados ("Ahora lo firmo, ahora no"), Lopera, no contento con la que había montado a medias con su colega del Sevilla, tenía que salirse con la suya. ¿No era aquella su casa? ¿Y le iban a decir a él dónde podía colocar su busto y dónde no? Lo que realmente le habría gustado a él habría sido llenar de bustos suyos las gradas del campo del Betis, pero existía la posibilidad de que se molestaran los seguidores del equipo.

Lo del sillón mágico del Real Madrid es perfectamente aplicable al Betis o el Sevilla. Compró el Betis Lopera y, de repente, pasó a ser gracioso, cuando Lopera tiene la gracia allí donde la espalda pierde su casto nombre. Se hizo con la presidencia del Sevilla Del Nido y, de la noche a la mañana, aquel sillón le convirtió en un abogado de prestigio, un hombre culto, un empresario de éxito. Mentira podrida. Cometida la fechoría por un imbécil refugiado entre la masa, con Juande siendo evacuado en camilla tras haber perdido el conocimiento, todavía había un consejero del Betis que ponía en duda la veracidad de los hechos, como si el entrenador del Sevilla hubiera fingido una agresión que no se había producido realmente. ¿Qué clase de consejos podrá darle a Lopera ese consejero? ¿En qué manos está el fútbol español?

Una vez han retirado en camilla Juande, cuando aún no se sabe si no ha sido nada o si, por el contrario, le han partido en dos la cabeza, un par de jugadores del Sevilla, conscientes de que aquello se ha terminado y que el árbitro ha suspendido definitivamente el partido, se ven en semifinales de la Copa y, mientras acceden al túnel de vestuarios, hacen una señal de victoria. Antes de producirse esa escena, alguien de La Sexta le mete el micrófono al entrenador del Sevilla, evidentemente groggy, para que éste le balbucee no se sabe bien qué. Pero no hace falta haber pasado por la Facultad de Medicina para darse cuenta de que Juande ha perdido el conocimiento y no está en condiciones de concederle una exclusiva mundial a nadie. ¿Nos hemos vuelto todos locos? ¿Hemos perdido de repente el juicio?

Ahora se reunirá la Federación para saber cómo se cocina este pastel. Pero fue Ángel Villar quien, con la única finalidad de evitar el cierre del Camp Nou y pagarle así sus votos a Joan Laporta, se sacó de la manga una normativa ad hoc que impidiera que se hiciera lo más justo después del lamentable "cochinazo". Laporta sigue riéndose de todo aquello. Fue Villar quien consintió que el presidente del Fútbol Club Barcelona se mofara de la justicia deportiva, dilatándola, impidiendo su puesta en funcionamiento, retrasándola con triquiñuelas. Fue Villar quien miró hacia otro lado. Unos y otros ya tienen lo que querían. ¿Saben qué es lo más triste de todo? Lo más triste es que estoy convencido de que no van a extraer ni una sola conclusión de lo sucedido anoche en el estadio del Betis, ni una. No me extrañaría que Ávalos ya hubiera encargado alguna estatua ecuestre para adornar la entrada al campo. Es lo único que le falta al circo, Lopera montando a caballo.

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