El penúltimo raulista vivo

Cardenal vacante, Cardenal ausente, Cardenal expectante

Está visto que España es un país de extremos. Tan malo es que el secretario de Estado para el Deporte, que se supone que debe ser un señor serio, corra cual Gallicus canis a hacerse la foto de aquí para allá, primero con Contador, después con Nadal y más tarde con Gasol y casi ni tenga suficiente con las veinticuatro horas del día para ponerle al teléfono a todos los olímpicos de turno (con medalla, por supuesto, y a poder ser de oro) al presidente del Gobierno para que éste les mande un saludo, como que no se sepa ni quién es. Tan malo es Lissavetzky hasta en la sopa como Cardenal vacante, Cardenal ausente, Cardenal expectante. Jamás me atrevería yo a pedirle a Miguel Cardenal que, como cabeza visible que se supone que es del deporte del Reino de España, hubiese intervenido de algún modo en el "caso Fàbregas", no vaya a ser que pise algún callo nacionalista. Eso no. Si algo hay que pisar que sea una caca de perro, que dicen que trae suerte.

No queremos, al menos no yo, que la carrera política del señor Cardenal, recién iniciada y virgen como quien dice, sufra algún contratiempo desagradable; pero, sometido a una presión insoportable, sí podría llegar a reconocer, muy al final del interrogatorio desde luego, que a lo largo de estos Juegos he echado de menos al jefe del deporte español en al menos cuatro o cinco momentos muy puntuales y todos ellos relacionados con actuaciones arbitrales claramente perjudiciales para nuestros representantes. Que no nos regalen, claro, pero que tampoco nos roben. El último tangazo no ha sido el que tan brillantemente ejecutaron sobre el agua nuestras Ona Carbonell y Andrea Fuentes sino, al parecer, el sufrido por nuestra selección de hockey hierba, esa a la que no querría pertenecer Fàbregas, que según su seleccionador fue literalmente masacrada por los colegiados. Nuestro rival era, ¡oh casualidad de las casualidades!, Gran Bretaña. Y si no conviene incomodarse con los nacionalistas, mucho menos aconsejable es hacerlo con los británicos que siempre te pueden enviar la flota a Gibraltar como ya sucediera hace 308 años.

Ahora, justamente a raíz de la derrota de nuestro equipo de baloncesto ante Brasil, se viene zarandeando (con especial inquina desde Argentina y desde Francia) a la selección comandada por Sergio Scariolo, un equipo compuesto por una generación de jugadores que ya lo han ganado casi todo y que siempre se han caracterizado por su deportividad y juego limpio. A España se la acusa directamente de dejarse ganar para eludir al temible equipo estadounidense en unas hipotéticas semifinales, y Le Figaro incluso va más allá y acusa a nuestros chicos de "violar la Carta Olímpica" como si la Carta, el COI y hasta el Movimiento Olímpico no hubieran sido ya suficientemente arrastrados por el fango en el pasado. Pero ojo, que nadie diga nada, que nadie haga nada. Se está acusando a nuestro abanderado Pau Gasol de ser un tramposo, pero que nadie mueva un músculo. Que nadie hable hasta que lo haga Esperanza Aguirre, que suele ser la única clara. Quien se fue a Sevilla perdió su silla y no está el patio para quedarse de pie cuando pare la música.

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