El penúltimo raulista vivo

Brahmanes y shudrás culés

Probablemente sea cierto que Lula dijese que "gobernar es una eterna toma de decisiones". Por sí sola, la frase no dice nada ni tiene mayor recorrido. Sobre el gobierno, a mí personalmente me gustan otras frases; la de Honoré de Balzac: "quien sabe gobernar a una mujer sabe gobernar un estado"; una de Confucio: "¿uno que no sabe gobernarse a sí mismo, cómo sabrá gobernar a los demás"; otra de Gustavo Le Bon: "gobernar es pactar; pactar no es ceder". Decididamente la de Lula no pasará a la historia de las frases célebres. Si no lo he entendido mal, que a lo mejor sí, el colega de profesión Santi Segurola habría preferido que Sandro Rosell se hubiera dedicado a mirar hacia adelante y dejar en paz a Joan Laporta independientemente de que su gestión al frente del club hubiera dejado hipotéticamente mucho que desear. Alucina vecina.

No tengo ni idea de por qué Florentino Pérez no le metió mano a Lorenzo Sanz, primero, y Ramón Calderón más tarde. Tampoco sé por qué Joan Laporta dejó escapar vivito y coleando a Joan Gaspart. Ni la más remota idea. Puede que los sucesores tuvieran incluso más cosas que ocultar que los predecesores. Puede que carecieran de documentos comprometedores que acreditaran sus denuncias. Puede que el caos no fuera tal. Puede que sus asesores les convencieran de que no era conveniente meterse en jaleos, o puede que se convencieran ellos a sí mismos. Puede que se les olvidara. Pero pedirle a Rosell que se dedique exclusivamente a consolidar el proyecto deportivo de un club que se tiene a sí mismo por mucho más que eso, acusarle de ser un hombre que duda porque una auditoría refleja aparentemente que Laporta y sus alegres chicos de Colsada se pegaron la vida padre y acabar diciendo que está obsesionado con el pasado es tanto como preconizar el sistema de castas en nombre del bien general, lo cual constituye, en sí mismo, un argumento contradictorio y falaz.

Arriba, en el vértice de la pirámide, estarían los presidentes, y abajo se encontrarían los socios, los dueños del club que, con sus votos, han colocado arriba del todo a los presidentes. Lo que defiende Segurola es que, al margen de que un presidente haya podido hacer de su capa un sayo, su sucesor en el cargo meta la basura debajo de la alfombra en aras de la responsabilidad institucional. Si Rosell cree, convenientemente asesorado por una empresa que se dedica profesionalmente al buceo en la ingeniería financiera, que Laporta burló a los socios, está obligado a hacer lo que hizo el otro día. Lo contrario les habría convertido en brahmanes, y a los socios en shudrás. Laporta he hecho hoy lo que tenía que hacer: impugnar la asamblea, decir que se ha puesto en marcha el ventilador, acusar a Rosell de envidioso y arremeter contra la "caverna mediática". Rosell hizo el otro día lo que tenía que hacer: contarle a sus socios lo que él cree que pasó la temporada pasada. Lo demás es palabrería barata.

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