El penúltimo raulista vivo

Baúl

Después de presenciar el partido de ayer, lo único que resta por hacer es elegir el tipo de proyecto y acertar con el nombre del arquitecto que lo lleve a cabo. Todo eso, por supuesto, después de escoger uno u otro estilo de edificación, y si queremos que éste se parezca más a la Opera de Sydney, obra del danés Jorn Utzon, o tiramos más por lo clasicón, y estoy pensando por ejemplo en la Catedral de Méjico o el Taj Mahal. Y después, manos a la obra. Porque supongo que, tras la debacle ante el modestísimo Real Unión de Irún que acabó con la vergonzosa eliminación de la Copa del Rey, a nadie, y mucho menos a ningún madridista sin prejuicios y con la mente límpida, le cabrá la menor duda de que Raúl se merece un monumento. Con ánimo de hacerle el mayor daño posible, sus detractores (y la mayor parte y la más hiriente, fiel a la más pura tradición merengue de acabar fagocitando a los suyos, se sienta cada domingo en las gradas del estadio Santiago Bernabéu) le llaman Baúl, como si un baúl, que no es otra cosa que un mueble para guardar ropa que aquí se hizo muy popular gracias a doña Concha Piquer, pudiera marcar 300 goles en partidos oficiales con la camiseta del Real Madrid, entre otras fruslerías.
 
Pero los valores añadidos de Raúl con respecto a cualquiera de los futbolistas que han pasado por ese vestuario en los últimos quince años y los que pasarán en los próximos treinta no son sus goles ni tampoco sus títulos sino el profundo cariño y lealtad que siente por esa camiseta. Anoche, pudiendo quitarse de en medio en un partido abominable, aguantó renqueante sobre el campo y marcó eso que en Inglaterra conocen popularmente como un hat trick. Luego, Raúl dio la cara y dijo que ninguno había estado a la altura de las circunstancias. Y es cierto que la actitud del capitán del Madrid quedará inmediatamente diluida, si es que no lo ha hecho ya, en la lamentable situación deportiva por la que atraviesa el equipo. El Real, que tiene numerosas y preocupantes carencias en su plantilla, compuesta en algunos casos por jugadores de medio pelo, está, por si ello no fuera suficiente para entrar en barrena, deficientemente trabajado, y el culpable de esa situación es su entrenador.

El otro día me pidieron en Don Balón que les dijera lo mejor y lo peor de Schuster; en cuanto a lo primero respondí simplemente "pasapalabra", y sobre lo segundo dije que al alemán le había venido grande el banquillo del Real Madrid. Incapaz de ver que su equipo está inmerso en una profunda crisis de juego y que sus futbolistas caminan parsimoniosamente por el campo cual zahorís en busca de un manantial subterráneo, Bernd Schuster ya no forma parte de la solución sino del problema. Un periodista le preguntó si sabía por qué su equipo había desarrollado esa extrañísima habilidad consistente en recibir muchos goles de cualquiera, incluso un Segunda B apañadito, y él respondió que no sabía y que no le podía ayudar en eso. La cuerda se romperá probablemente por el extremo más débil, y más aún teniendo en cuenta que a Ramón Calderón se le avecina otra asamblea caliente, pero el problema de ese equipo no ha sido nunca Raúl: futbolistas como él son precisamente la solución a sus males. 
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