El penúltimo raulista vivo

Es la madriditis, idiota

El exiliado en Madrid Albert Boadella, que seguro que será otro peligrosísimo miembro del comando autónomo anti culé como Eduardo Inda, un agente doble que durante años ha dicho que nació en Barcelona cuando en realidad lo había hecho en Madrid, al lado del estadio Santiago Bernabéu para más señas, le dijo el otro día a Dieter Brandau a propósito del lío del fichaje de Neymar que todo en Cataluña se había convertido en una religión laica, también el Barça. Más allá de la ingeniería verbal, las cortinas de humo, el eterno circunloquio, la distracción y la tinta de calamar que la junta directiva de Rosell (ahora de Bartomeu) han tratado de arrojar sobre el surrealista caso del fichaje de los Neymar (porque el padre es otro fichaje) lo que sin duda más me ha llamado la atención es el hecho inédito de que la prensa deportiva catalana le haya dado unánimemente la espalda a la realidad pura y dura, tratando después de desviar la atención al servicio del club poniendo el ventilador y pringando tanto al Real Madrid como a su presidente, Florentino Pérez.

Tenía razón Boadella, claro, y supongo que uno de los motivos por los que tuvo que poner pies en polvorosa de su tierra y acabar refugiándose aquí es que allí "todo surge por la fe, no por el análisis, el pensamiento lógico, la Historia"... Del comportamiento paranoico al que se refería el ex director del famoso grupo de chotis madrileño Els Joglars tuvimos un ejemplo el pasado jueves, cuando Rosell habló de la insoportable persecución a la que le habían sometido sus terribles enemigos, fruto de la envidia suscitada por la contratación de Neymar. Cabía deducir que, puesto que la junta directiva es una piña, el trastorno delirante y psicótico no era únicamente achacable a quien la encabezaba sino también a sus subalternos. Ayer, José María Bartomeu, el hombre que engañó al jugador de la cantera del Real Madrid Eric Abidal dejándole en la estacada, sacó a colación el fichaje de Alfredo di Stéfano... ¡del año 1953!... Diez años faltaban para que naciera el presidente del Barça cuando el Madrid fichó a Di Stéfano, cuestión ésta que sin embargo no impidió que la contratación de un hombre que lleva retirado desde 1966 cobrara actualidad ayer, y de nuevo para regatear en falso a la cruda la realidad, que es una tenaz, implacable y dura defensa central. Vamos, como Migueli.

Gracias a Dios que existe el periodismo deportivo libre fuera de Barcelona. El jueves el compañero de Cuatro David Bernabéu me dijo en Tiki Taka que yo era un especialista en darle la vuelta a la situación y mi respuesta fue sencilla: "Reconozco que no sabría cómo darle la vuelta al asunto si mañana un juez de la Audiencia Nacional admitiera a trámite una querella contra Florentino Pérez y observara en su comportamiento como gestor del Real Madrid un delito de apropiación indebida en su modalidad de distración". Pero yo, está claro, soy un auténtico novato porque en Barcelona sí le han dado la vuelta... atacando por supuesto al Real Madrid. El caso es que después de un aluvión de números destinado a enterrarnos a todos bajo una marmórea losa de aburrimiento, Bartomeu admitió al fin el sobreprecio del jugador, reconoció las cifras y contratos desvelados por El Mundo y cifró el montante total de la operación en 88, 2 millones de euros. Para que nos entendamos: del club azulgrana no salieron los 57,1 millones de euros que Rosell juró y perjuró que había costado Neymar sino, que se sepa por ahora, al menos 30, 1 millones más.

Boadella hablaba de "talibanismo". Cierto. Uno tiene que ser un auténtico talibán o un vendido al poder establecido para comprobar por sí mismo que las cifras no son las que dijo Rosell, que el Barça ha gastado más dinero en Neymar y que tanto el presidente como su junta directiva han mentido reiteradamente al socio culé y continuar sin embargo apostando porque la versión oficial es la buena. Pues no, la versión oficial fue una tomadura de pelo, una charada, una burla. Ayer Bartomeu eligió continuar riéndose de los dueños del Barcelona y mofándose de los medios de comunicación. El sucesor de Rosell fue incluso más allá y advirtió que si finalmente acababan imputándole él no presentaría la dimisión, a eso le llamo yo defender los eternos valores culés, sí señor. Aclarado queda que por la cabeza de Rosell pasó la idea de que él no podía permitir que Florentino le quitase a un futbolista por el que, por cierto, el Real Madrid se había interesado antes que el Barcelona, y que para impedir el bochorno y que Neymar se vistiera de blanco había que darle a su padre todo lo que pidiera. El último arreón del club azulgrana fueron esos 107,2 millones que el jugador y su familia cobrarán entre sueldo y comisiones.

Bartomeu se presentó ayer desnudo en la rueda de prensa. Él insiste en que va vestido con un traje fabricado con la tela más suave y delicada que podamos imaginar, una prenda con la capacidad añadida de ser invisible para los estúpidos. Todo el mundo dice en Barcelona que va vestido, pero va desnudo. Bartomeu va desnudo por mucho que el periobarcelonismo diga lo contrario. Y, lejos de acabar aquí, el caso no hace ahora más que empezar: ¿Cómo le sentará a los Messi que Neymar cobre más que Leo? ¿Qué pensarán en el vestuario de un presidente que miente? ¿Qué dirán los socios? ¿De verdad aguantará Bartomeu ahí si acaban imputándole?... La presión es tal que incluso el abogado del socio que inició toda esta historia le ha aconsejado que retire la demanda. Claro, él tiene que vivir y trabajar allí y se está oliendo la tostada. Y todo, absolutamente todo, porque Rosell no podía consentir de ningún modo que Florentino Pérez le arrebatara delante de sus narices a Neymar como le quitó en su día Figo a Gaspart o Beckham a Laporta. La clave radica en el pecado de la soberbia, el peor de todos, el origen de los siete capitales, aquel que John Milton atribuyó en El Paraíso Perdido a Lucifer por querer ser igual que Dios. Parafraseando a James Carville, el estratega de la campaña de Bill Clinton que le dio la vuelta a las elecciones de 1992 cuando las tenía perdidas, bien podría decirse tranquilamente lo siguiente: "Es la madriditis, idiota, es la madriditis".

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