El penúltimo raulista vivo

Balones fuera

Me gusta Bernd Schuster. Me gustaba como jugador y me gusta como entrenador. Es normal que ahora proponga un fútbol vistoso, alegre, puesto que él fue uno de los jugadores más creativos que recuerdo. Hace poco dijo que se había visto entrenando al Real Madrid. Confieso que yo también le vi. Y es sólo una cuestión de tiempo, puede que otra temporada más, que dé el salto a uno de los equipos grandes de la Liga. Schuster, que llegó a contactar con algunos de los candidatos a la presidencia del Madrid, habría supuesto la línea rupturista. También me gusta Schuster porque era un futbolista rebelde y se ha convertido en un entrenador contestatario que defiende a los suyos hasta las últimas consecuencias. Aunque, como en el caso del primer gol del Valencia, esté equivocado.
 
Vaya por delante que yo creo que un equipo sólo tiene que lanzar el balón fuera cuando un jugador la haya espichado dentro del campo. Tal y como está montada ahora mismo la historia cualquier excusa es buena para forzar que el rival arroje el balón fuera. Y la mejor de todas con diferencia es que tu adversario tenga el balón en su poder y esté atacando tu portería. En el noventa por ciento de los casos el futbolista cae desplomado, herido de muerte, lesionado de por vida, roto, hundido y destrozado, pero en cuanto el rival, advertido por todos del riesgo inminente que corre su compañero, lanza fuera el balón, éste recupera repentinamente la memoria y sana de golpe sus múltiples heridas físicas y psicológicas. ¡Milagro, milagro! En Inglaterra, por poner sólo un caso, son los propios aficionados quienes castigan al jugador que interpreta una lesión para frenar un ataque.
 
Me hubiera gustado que la iniciativa que adoptó José Luis Mendilibar, entrenador del Valladolid, perteneciera a Schuster, pero no fue así. Mendilibar, un técnico de Segunda División, nos sorprendió a todos con la contundencia y sencillez de sus argumentos: "mi equipo no tirará el balón fuera cuando haya lesionados". Lo que hace Mendilibar es advertir, antes de que empiece el partido, tanto al rival como al árbitro, de que eso será indefectiblemente así. De esa forma nadie se llama a engaño. Corresponde sólo al árbitro parar el partido si considera que un futbolista ha sufrido una lesión de gravedad, de lo contrario se perjudica al otro equipo y también al espectador.
 
Schuster sí tiene sin embargo razón en una cosa y es cuando afirma que, de haberse producido la jugada al revés, el Getafe no habría podido saltar al campo en la segunda parte. Pero es sólo un problema de educación. Estoy convencido de que si ahora Schuster, que tiene la personalidad suficiente para hacerlo, aprovechase el tirón de lo sucedido ayer en Mestalla para advertir que su equipo, como sucede con el Valladolid, no tiraría más veces fuera el balón cuando hubiera un jugador lesionado, sería dócilmente seguido por el resto. O por lo menos se generaría un debate. Pero Mendilibar sigue sólo. Sólo, sí, pero en lo cierto.
 
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