El penúltimo raulista vivo

Bale, carne galesa picada para hamburguesas para devorar acompañada por una buena pinta de cerveza

Muchas veces, por no decir que casi todas, se confunden la actitud o el compromiso con el acierto. Si, por mucho que uno tenga un aire absorto o distraído y parezca que la fiesta no va con él, al final acierta, el aficionado medio interpreta que ese futbolista está comprometido; si, por el contrario, ese mismo jugador en vez de meterla entre los tres palitos la echa fuera, entonces es que no tiene actitud. Pongamos que hablo de Karim Benzema. De Benzema se llevan diciendo las peores cosas desde que llegó al Real Madrid, allá por 2009; la principal acusación que se le hacía a Karim era precisamente la de su indolencia, la de ese aire despistado a lo profesor Tornasol. Esa confusión ha resultado pertinaz hasta que, justo con la marcha de Cristiano, Benzema ha ocupado la posición de delantero centro convencional y, en vez de darlos como hasta ahora, se ha dedicado a meter goles. El acierto goleador de Benzema ha sido interpretado rápidamente como un cambio en su actitud, un mayor interés en hacer bien las cosas, cuando eso es radicalmente falso: el futbolista, como cualquier deportista, tiene siempre interés en hacer las cosas bien, siempre.

Así que las cañas se tornaron lanzas y ahora, de nuevo, las lanzas se han transformado en cañas y, de repente, Karim Benzema es en 2019 el futbolista que lleva siendo desde 2009. Benzema tiene aparcados y en suspenso exactamente los mismos problemas que le apartaron de la selección nacional de Francia y por los que muchísimos aficionados del Madrid querían apartarle del primer equipo; es muy probable que siga conduciendo demasiado rápido y muy posible que derrape con las ruedas del coche, pero la imagen que el madridismo tiene de Karim es distinta por el simple hecho de que ahora le salen las cosas de un modo regular y porque lleva 30 goles entre todas las competiciones. Su acierto es interpretado como mayor compromiso, su aire despistado ya no molesta tanto porque, cuando la pasa, el balón va al compañero y no al rival. Karim Benzema no es distinto pero ahora le salen bien las cosas que intenta, y habrá quién, iluso de él, piense de verdad que el acierto de Benzema de 2019 es fruto de sus pitos durante 9 años, algo así como "la letra con sangre entra". Pues no, no es así, nunca lo es.

Gareth Bale es el nuevo Benzema, pero tiene toda la pinta de que él no aguantará hasta 2024 para irse. Bale es el mismo que cuando llegó, exactamente el mismo. Su carácter no ha cambiado en absoluto: sigue siendo un chico reservado y tímido, un hombre casero que habla poco y que ha cometido el tremendo pecado de que le guste el golf. Porque a uno puede gustarle el rock duro, a uno pueden gustarle Los Ramones o Camilo Sesto, pero como te guste el golf estás muerto. Si en vez de entrar el vestuario viendo el Masters de Augusta lo haces escuchando Camela, no pasa nada, no hay problema; pero como te guste el golf... se acabó. En un año malo para todos, probablemente a excepción de Benzema, la nueva cabeza de turco es la del galés, pitado nada más salir al campo porque, según he leído hoy a Roberto Palomar en Marca, "cae mal". La opinión publicada ha triturado a Bale, lo ha hecho carne galesa picada para hamburguesas, y la afición se la ha comido poco hecha y con una buena pinta de Guinness. Y luego ha eructado: ¡a por otra!

Al parecer, cuando uno ficha por el Real Madrid tiene que soportar que sus aficionados le piten nada más saltar al campo. No lo hacen, según han tratado de explicarme los que saben de esto, por sus errores de ese día sino por los fallos acumulados. Bale llevaba ayer la camiseta blanca y jugaba teóricamente en su casa, el Bernabéu, pero fue más pitado que Raúl García y eso es, según me cuentan, porque la afición es muy exigente y porque lleva sucediendo lo mismo desde hace más de medio siglo. Y yo no lo entiendo. Ni lo entiendo yo ni lo comprende, por cierto, Zinedine Zidane, a quien también se pitó en su día. Lo que conviene aclarar más pronto que tarde es que si el Real Madrid tiene 13 Copas de Europa es porque siempre ha tenido en sus filas a los mejores futbolistas del planeta y, aunque parezca muy duro, a pesar de una afición que ve el fútbol como el examinador del carnet de conducir, con el boli rojo en la mano, esperando a que el futbolista no ponga a tiempo el intermitente o frene de golpe. Esa actitud ya trató de cambiarla en su día José Mourinho y a los tres días se dio perfecta cuenta de lo epopéyico de su inútil tarea porque, por lo que sea, en la mayoría de los casos los jugadores del Real Madrid caminan solos fuera del Bernabéu y más solos aún dentro. Es una forma de ser, un estilo, que yo respeto pero que nadie puede obligarme a que comparta. A esta incomprensión es a la que Luis Herrero llama fanatismo y a la que yo llamo amor desinteresado.

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